La llegada de María Clara y sus amigas cortó la conversación. Don Filipo las recibió y las acompañó á sus asientos. Detrás venía el cura y venían también otros vecinos que tienen por oficio escoltar á los frailes.

—¡Dios los premie también en la otra vida!—dijo el viejo Tasio alejándose.

La función empezó con Chananay y Marianito en Crispino e la Comare. Todos tenían ojos y oídos en el escenario menos uno: el P. Salví. Parecía no haber ido allí más que para vigilar á María Clara, cuya tristeza daba á su hermosura un aire tan ideal é interesante, que se comprende que se la contemple con arrobamiento. Pero los ojos del franciscano, profundamente ocultos en sus socavadas órbitas, no decían arrobamiento: en aquella sombría mirada se leía algo desesperadamente triste: ¡con tales ojos contemplaría Caín desde lejos el paraíso cuyas delicias le pintara su madre!

Se concluía el acto cuando entró Ibarra; su presencia ocasionó un murmullo: la atención de todos se fijó en él y en el cura.

Pero el joven no pareció advertirlo, pues saludó con naturalidad á María Clara y á sus amigas, sentándose á su lado. La única que habló fué Sinang.

—¿Has estado á ver el volcán?—preguntó.

—No, amiguita, he tenido que acompañar al Capitán general.

—¡Pues es lástima! El cura venía con nosotras, y nos contaba historias de condenados; ¿te parece? meternos miedo para que no nos divirtamos, ¿te parece?

El cura se levantó y acercóse á don Filipo, con quien pareció entablar una viva discusión. El cura hablaba con viveza, don Filipo con mesura y en voz baja.

—Siento no poder complacer á V. R.,—decía éste;—el señor Ibarra es uno de los mayores contribuyentes y tiene derecho á estarse aquí mientras no perturbe el orden.