—¡Os he dicho que hablaremos otro día, hoy no tengo tiempo!—dijo Ibarra impaciente.

—¿No tenéis tiempo ahora, señor?—preguntó con amargura Lucas, poniéndosele delante;—¿no tenéis tiempo para ocuparos de los muertos?

—¡Venid esta tarde, buen hombre!—repitió Ibarra conteniéndose;—hoy tengo que ver á una persona enferma.

—¡Ah! ¿y por una enferma olvidáis á los muertos? ¿Creéis que porque somos pobres?...

Ibarra le miró y le cortó la palabra.

—¡No pongáis á prueba mi paciencia!—dijo y siguió su camino. Lucas se le quedó mirando con una sonrisa llena de odio.

—¡Se conoce que eres el nieto del que puso á mi padre al sol!—murmuró entre dientes;—¡aún tienes la misma sangre!

Y cambiando de tono añadió:

—Pero, si pagas bien... ¡amigos!