Este, al verse solo, perdió el continente sereno que había conservado en presencia del piloto, y el dolor se manifestó en su semblante.

—¡Yo, yo la he martirizado!—murmuró.

Vistióse rápidamente y descendió las escaleras.

Un hombrecito, vestido de luto, con una gran cicatriz en la mejilla izquierda, le saludó humildemente, parándole en su camino.

—¿Qué queréis?—le preguntó Ibarra.

—Señor, yo me llamo Lucas, soy el hermano del que murió ayer.

—¡Ah! Os doy el pésame... y ¿bien?

—Señor, quiero saber cuánto vais á pagar á la familia de mi hermano.

—¿Pagar?—repitió el joven sin poder reprimir su disgusto;—ya hablaremos de esto.—Volved esta tarde que hoy tengo prisa.

—¡Decid solamente cuánto queréis pagar!—insistió Lucas.