—La hija de capitán Tiago está enferma,—añadió Elías tranquilamente;—pero no de gravedad.
—¡Yo ya me lo temía!—exclamó Ibarra con voz débil;—¿sabéis qué enfermedad es?
—¡Una fiebre! Ahora, si no tenéis nada que mandar...
—Gracias, amigo mío; os deseo buen viaje... pero, antes, permitid que os haga una pregunta; si es indiscreta, no me respondáis.
Elías se inclinó.
—¿Cómo habéis podido conjurar el motín de anoche?—preguntó Ibarra fijando en él sus ojos.
—¡Muy sencillamente!—contestó Elías con la mayor naturalidad;—los que dirigían el movimiento eran dos hermanos cuyo padre había muerto, apaleado por la guardia civil; un día tuve la fortuna de salvarlos de las mismas manos en que había caído su padre, y ambos me están por esto agradecidos. A ellos me dirigí anoche y ellos se encargaron de disuadir á los demás.
—Y ¿esos dos hermanos cuyo padre murió apaleado?...
—Acabarán como el padre,—contestó Elías en voz baja;—cuando la desgracia ha marcado una vez una familia, todos los miembros tienen que perecer; cuando el rayo hiere un árbol, todo lo reduce á cenizas.
Y Elías, viendo que Ibarra callaba, se despidió.