—¡No!—contesta la interpelada;—lo único que sé de él es que cobra muy caro, según capitán Tiago.
—¡Entonces debe ser muy bueno!—dice Andeng;—el que agujereó el vientre de doña María cobraba caro; por eso era sabio.
—¡Tonta!—exclama Sinang,—no todo el que cobra caro es sabio. Mira el doctor Guevara, después que no supo ayudar al parto, cortándole la cabeza al niño, le cobra cincuenta pesos al viudo... Lo que sabe es cobrar.
—¿Qué sabes tú?—le pregunta su prima dándole un codazo.
—¿No lo he de saber? El marido, que es un aserrador de maderas, después de perder su esposa, tuvo también que perder su casa, porque el Alcalde es amigo del doctor, le obligó á pagar... ¿no lo he de saber? Mi padre le prestó el dinero para hacer el viaje á Santa Cruz[1].
Un coche, parándose delante de la casa, cortó todas las conversaciones.
Capitán Tiago, seguido de tía Isabel, bajó corriendo las escaleras para recibir á los recién llegados. Estos eran el doctor don Tiburcio de Espadaña, su señora, la doctora doña Victorina de los Reyes de de Espadaña y un joven español de fisonomía simpática y agradable aspecto.
Ella vestía una bata de seda, bordada de flores, y un sombrero con un gran papagayo, medio machacado entre cintas azules y rojas; el polvo del camino, mezclándose con los polvos de arroz en sus mejillas, parecían aumentar sus arrugas; como cuando la vimos en Manila, hoy lleva también del brazo á su marido cojo.
—¡Tengo el gusto de presentarle á usted á nuestro primo, don Alfonso Linares de Espadaña!—dijo doña Victorina señalando al joven; el señor es ahijado de un pariente del padre Dámaso, secretario particular de todos los ministros...
El joven saludó con gracia; capitán Tiago por poco le besa la mano.