Mientras suben las numerosas maletas y sacos de viaje, mientras capitán Tiago los conduce á sus aposentos, digamos algo acerca de este matrimonio, cuyo conocimiento hemos hecho tan ligeramente en los primeros capítulos.

Doña Victorina era una señora de sus cuarenta y cinco agostos, equivalentes á treinta y dos abriles, según sus cálculos aritméticos. Había sido bonita en su juventud, tuvo buenas carnes,—así solía decirlo ella,—pero extasiada en la contemplación de sí misma, había mirado con gran desdén á muchos adoradores filipinos que tuvo, pues sus aspiraciones eran de otra raza. Ella no ha querido otorgar á nadie su blanca y diminuta mano, pero no por desconfianza, pues no pocas veces había entregado joyas de inestimable valor á varios aventureros extranjeros y nacionales.

Seis meses antes de la época de nuestra historia, vió realizado su más hermoso sueño, el sueño de toda su vida, por el cual despreciaría los halagos de la juventud y hasta las promesas de amor de capitán Tiago, arrrulladas en otro tiempo en sus oídos, ó cantadas en alguna serenata. Tarde, es verdad, se ha realizado el sueño; pero doña Victorina que, aunque hablaba mal el español, era más española que Agustina de Zaragoza, y sabía el refrán: Más vale tarde que nunca, consolábase con decírselo á sí misma.—No hay felicidad completa en la tierra, era su otro íntimo refrán, porque ambos no salían jamás de sus labios delante de otras personas.

Doña Victorina, que había pasado su primera, segunda, tercera y cuarta juventud tendiendo redes para pescar en la mar del mundo el objeto de sus insomnios, tuvo al fin que contentarse con lo que la suerte le quiso deparar. La pobrecita, si en vez de tener treinta y dos abriles, no hubiese tenido más que treinta y uno,—la diferencia para su aritmética era muy grande,—habría devuelto al destino la presa que le ofrecía, para esperar otra más en conformidad con sus gustos. Pero como el hombre propone y la necesidad dispone, ella que tenía ya mucha necesidad de marido, vióse obligada á contentarse con un pobre hombre, que arrojó de sí Extremadura y que después de vagar por el mundo seis ó siete años, Ulises moderno, encontró al fin en la isla de Luzón hospitalidad, dinero y una Calipso trasnochada, su media naranja... ¡ay! y la naranja era agria. Llamábase el infeliz Tiburcio Espadaña, y aunque tenía treinta y cinco años y parecía viejo, era más joven que doña Victorina que sólo tenía treinta y dos. El por qué de esto es fácil de comprender, pero peligroso de decir.

Había ido á Filipinas de oficial quinto de Aduanas, pero tuvo tan mala suerte que, además de marearse mucho y fracturarse una pierna durante la navegación, encontróse á los quince días de su llegada con la cesantía que oportunamente le trajo el Salvadora, cuando ya se encontraba sin un cuarto.

Escarmentado del mar, no quiso volver á España sin haber hecho fortuna, y pensó dedicarse á algo. El orgullo español no le permitía ningún trabajo corporal: el pobre hombre hubiera trabajado con gusto para vivir honradamente, pero el prestigio de los españoles no se lo hubiera consentido, y este prestigio no le salvaba de las necesidades.

Al principio vivía á costa de algunos paisanos, pero, como Tiburcio era honrado, sabíale amargo el pan, y en vez de engordar, enflaquecía. No teniendo ni ciencia ni dinero ni recomendaciones, aconsejáronle sus paisanos, para desprenderse de él, fuese á provincias y se hiciese pasar por doctor en medicina. El hombre se resistía al principio, pues si bien había sido mozo en el hospital de San Carlos, no había aprendido nada de la ciencia de curar: su oficio era sacudir el polvo de los bancos, encender los braseros, y esto fué por corto tiempo. Pero como la necesidad apremiaba y sus amigos disipaban sus escrúpulos, dióles oídos al fin, fuése á provincias y empezó por visitar algunos enfermos, cobrando módicamente como su conciencia se lo decía. Mas, á semejanza del joven filósofo de que habla Samaniego, concluyó cobrando caro y poniendo gran precio á sus visitas; de aquí que pronto le tuvieron por gran médico y hubiera hecho probablemente su fortuna, si el protomedicato de Manila no hubiese tenido noticia de sus exorbitantes honorarios y de la competencia que hacía á los otros.

Intercedieron por él particulares y profesores.—«¡Hombre! Dr. C., déjele usted hacer su capitalito, que en cuanto tenga seis ó siete mil pesitos, se podrá volver á su tierra y vivir allí en paz. Total ¿qué le hace á usted eso? ¿que engaña á los incautos indios? Pues que sean más listos. ¡Es un infeliz; no le quite usted el pan de su boca; sea usted buen español!

El doctor era buen español y consintió en hacer la vista gorda; pero como la noticia llegó á oídos del pueblo, empezóse á desconfiar de él y á poco don Tiburcio Espadaña perdió su clientela y se vió de nuevo obligado casi á mendigar el pan de cada día. Por entonces supo de un amigo suyo, íntimo que fué de doña Victorina, el apuro en que se encontraba esta señora, su patriotismo y buen corazón. Don Tiburcio vió allí un pedazo de cielo y pidió ser presentado.

Doña Victorina y don Tiburcio se vieron. Tarde veniéntibus ossa[2] habría exclamado él, si hubiese sabido latín. Ella no era ya pasable, era pasada; su abundante cabellera se había reducido á un moño, grande, al decir de su criada, como la cabeza de un ajo; arrugas surcaban su cara y empezaban á movérsele los dientes; los ojos habían sufrido también, y considerablemente; tenía que entornarlos con frecuencia para mirar á cierta distancia: su carácter era lo único que le había quedado.