Al cabo de media hora de conversación, comprendiéronse y se aceptaron. Ella hubiera preferido un español menos cojo, menos tartamudo, menos calvo, menos mellado, que arrojase menos saliva al hablar y tuviese más brío y categoría, como ella solía decir; pero esta clase de españoles no se dirigieron jamás á ella para pedirle su mano. Había oído más de una vez decir que «á la ocasión la pintan calva» y creyó honradamente que don Tiburcio era la misma ocasión, pues gracias á sus noches negras padecía de una prematura calvicie. ¿Qué mujer no es prudente á los treinta y dos años?

Don Tiburcio, por su parte, sintió vaga melancolía al pensar en su luna de miel. Sonrióse con resignación y evocó en su auxilio el fantasma del hambre. Jamás había tenido ambición ni pretensiones; sus gustos eran sencillos, sus pensamientos limitados; pero su corazón, virgen hasta entonces, había soñado en muy diferente divinidad.—Allá en su juventud, cuando, cansado de trabajar después de una frugal cena, iba á acostarse en una mala cama para digerir el gazpacho, se dormía pensando en una imagen sonriente, acariciadora. Después, cuando los disgustos y las privaciones aumentaron, pasaron los años y la poética imagen no vino, pensó sencillamente en una buena mujer, hacendosa, trabajadora, que le pudiese aportar una pequeña dote, consolarle de las fatigas del trabajo y reñirle de cuando en cuando,—¡sí, él pensaba en las riñas como en una felicidad! Pero cuando, obligado á vagar de país en país en busca, no ya de fortuna, sino de alguna comodidad para vivir los días que le restaban; cuando, ilusionado por las relaciones de sus paisanos que venían de Ultramar, embarcóse para Filipinas, el realismo cedió el puesto á una arrogante mestiza, á una hermosa india de grandes ojos negros, envuelta en sedas y tejidos trasparentes, cargada de brillantes y oro, brindándole su amor, sus coches, etc. Llegó á Filipinas y creyó que realizaba su sueño, pues las jóvenes, que en plateados coches acudían á la Luneta y al Malecón, le habían mirado con cierta curiosidad. Mas, una vez cesante, la mestiza ó la india desapareció, y con trabajo se forjó la imagen de una viuda, pero una viuda agradable. Así que cuando vió su sueño tomar cuerpo en parte, se puso triste, pero, como tenía cierta dósis de filosofía natural, se dijo: «¡Aquello era un sueño y en el mundo no se vive soñando!» Así resolvía él sus dudas: ella gasta polvos de arroz, ¡psé! cuando se casen, ya hará que se los quite; tiene muchas arrugas, pero su levita tiene más roturas y zurcidos; es una vieja pretenciosa, imponente y varonil, pero el hambre es más imponente, terrible y más pretenciosa todavía, y luega para eso ha nacido él dulce de genio, y el amor modifica los caracteres; habla muy mal el castellano, él tampoco lo habla bien, según dijo el jefe del Negociado al notificarle su cesantía, y además ¿qué importa? ¿es una vieja fea y ridícula? ¡él es cojo, desdentado y calvo! Don Tiburcio prefería cuidar que no ser cuidado por enfermo de hambre. Cuando algún amigo se burlaba de él, respondía: «Dame pan y llámame tonto.»

Don Tiburcio era lo que vulgarmente se dice: un hombre que no hacía mal á una mosca: modesto é incapaz de abrigar un mal pensamiento, se hubiera hecho misionero en los antiguos tiempos. Su estancia en el país no le había podido dar ese convencimiento de alta superioridad, de gran valor y de elevada importancia que á las pocas semanas adquieren la mayor parte de sus paisanos. Su corazón no ha podido nunca abrigar odio; todavía no ha podido encontrar un solo filibustero; únicamente veía infelices á quienes convenía desplumar, si no quería ser más infeliz que ellos. Cuando se trató de formarle causa por hacerse pasar como médico, no se resintió, no se quejó; reconocía la justicia y sólo contestaba: ¡Pero es menester vivir!

Casáronse ó cazáronse pues, y fueron á Sta. Ana para pasar la luna de miel; pero en la noche de bodas, doña Victorina tuvo una terrible indigestión, y don Tiburcio dió gracias á Dios, mostróse solícito y cuidadoso. A la segunda noche, sin embargo, se portó como hombre honrado, y al día siguiente, al mirarse en el espejo, sonrió con melancolía descubriendo sus desprovistas encías; había envejecido lo menos diez años.

Muy contenta doña Victorina de su marido, hizo que le arreglaran una buena dentadura postiza, le vistieran y le equiparan los mejores sastres de la ciudad; encargó arañas y calesas, pidió á Batangas y Albay los mejores troncos y hasta le obligó á tener dos caballos para las próximas carreras.

Mientras trasformaba á su marido, no se olvidaba de su propia persona: dejó la saya de seda y la camisa de piña por el traje europeo; sustituyó el sencillo tocado de las filipinas por los falsos flequillos, y con sus trajes, que le sentaban divinamente mal, turbó la paz de todo el tranquilo y ocioso vecindario.

El marido que no salía nunca á pie,—ella no quería que se viese su cojera,—la llevaba á paseo por los sitios más solitarios con gran pesar de Eva, que quería lucir su marido en los paseos más públicos, pero se callaba por respeto á la luna de miel.

El cuarto menguante empezó cuando él quiso hablarle de los polvos de arroz, diciendo que aquello era falso, no natural; doña Victorina frunció las cejas y le miró en la dentadura postiza. El se calló y ella comprendió su flaco.

Pronto creyóse madre y anunciólo así á todos sus amigos:

—El mes que viene, yo y de Espadaña nos vamos á la Peñínsula; no quiero que nuestro hijo nazca aquí y le llamen revolucionario.