Puso un de al apellido de su marido; el de no costaba nada y daba categoría al nombre. Cuando firmaba poníase: Victorina de los Reyes de de Espadaña; este de de Espadaña era su manía; ni el que le litografió sus tarjetas ni su marido pudieron quitárselo de la cabeza.

—¡Si no pongo más que un de puede creerse que no lo tienes, tonto!—decía á su marido.

Hablaba continuamente de sus preparativos de viaje, aprendióse de memoria los nombres de los puntos de escala, y era un gusto oirla hablar:—«Voy á ver el ismo en el canal de Suez: De Espadaña cree que es lo más bonito. De Espadaña ha recorrido todo el mundo»—«Probablemente no volveré más á este país de salvajes.»—«No he nacido para vivir aquí; me convendría más Aden ó Port Said; desde niña lo he creído así, etc.» Doña Victorina en su geografía dividía el mundo en Filipinas y España, á diferencia de los chulos que lo dividen en España y América ó China por otro nombre.

El marido sabía que algunas de estas cosas eran barbaridades, pero se callaba para que no le chillase y le echase en cara su tartamudez. Hízose la antojadiza para aumentar sus ilusiones de madre, y se dió por vestirse de colores, llenarse de flores y cintas y pasearse en bata por la Escolta, pero ¡oh desencanto! pasaron tres meses y el sueño se evaporó, y no habiendo ya motivo para que el hijo no fuese revolucionario, se desistió del viaje. Dióse á consultar médicos, comadronas, viejas, etc., pero inútil; ella, que con descontento de capitán Tiago se burlaba de san Pascual Bailón, no quería recurrir á ningún santo ni santa; por lo que le dijo un amigo de su marido:

—¡Créame usted, señora; es usted el único espíritu fuerte en este aburrido país!

Sonrióse ella sin comprender lo que era espíritu fuerte, y á la noche, á la hora de dormir, se lo preguntó al marido.

—Hija, contestó éste, el e... espíritu fuerte, que conozco es el amoníaco: mi amigo habrá hablado por re... retórica.

Desde entonces ella decía siempre que podía:

—Soy el único amoníaco en este aburridísimo país, hablando por retórica; así lo ha dicho el señor N. de N., peninsular de muchísima categoría.

Cuanto decía se tenía que hacer, había llegado á dominar completamente á su marido, que por su parte no ofreció gran resistencia, llegando á convertirse en una especie de perrito faldero para ella. Si le incomodaba, no le dejaba pasear, y cuando se enfurecía de veras, le arrancaba la dentadura dejándole horrible por uno ó más días.