Se le ocurrió que su marido debía ser doctor en Medicina y Cirugía y así se lo manifestó.
—¡Hija! ¿quieres que me prendan?—preguntó asustado.
—No seas tonto y déjame arreglar las cosas; no irás á curar á nadie, pero quiero que te llamen doctor y á mí doctora; ¡ea!
Y al día siguiente Rodoreda recibía el encargo de grabar en una losa de mármol negro: DOCTOR DE ESPADAÑA, ESPECIALISTA EN TODA CLASE DE ENFERMEDADES.
Toda la servidumbre les debía dar los nuevos títulos, y á consecuencia de esto se aumentó el número de los flequillos, la capa de polvos de arroz, las cintas y encajes, y miró con más desdén que nunca á sus pobres y poco afortunadas paisanas, cuyos maridos eran de menos categoría que el suyo. Cada día sentía dignificarse y elevarse más, y á seguir este camino, al cabo de un año se creería de origen divino.
Estos sublimes pensamientos no impedían sin embargo que cada día fuese más vieja y ridícula. Cada vez que capitán Tiago se encontraba con ella y se acordaba de haberle hecho en vano el amor, mandaba acto continuo un peso á la iglesia para una misa en acción de gracias. A pesar de esto, capitán Tiago respetaba mucho al marido por el título de especialista en toda clase de enfermedades, y escuchaba con atención las pocas frases que él en su tartamudez conseguía pronunciar. Por esto, y porque este doctor no visitaba á todo el mundo como los otros médicos, le escogió capitán Tiago para asistir á su hija.
En cuanto al joven Linares, ya era otra cosa. Cuando se disponía el viaje para España, doña Victorina pensó en un administrador peninsular, no confiando en los filipinos: el marido acordóse de un sobrino en Madrid, que estudiaba para abogado y era considerado como el más listo de la familia: escribiéronle, pues, pagándole de antemano ya el pasaje, y cuando el sueño se desvaneció, el joven ya estaba navegando.
Estos son los tres personajes que acaban de llegar.
Mientras tomaban el segundo almuerzo, llegó el padre Salví, y los esposos, que ya le conocían, le presentaron con todos sus títulos al joven Linares, que se ruborizó.
Se habló de María Clara como era natural; la joven descansaba y dormía. Se habló del viaje; doña Victorina lució su verbosidad criticando las costumbres de los provincianos, sus casas de nipa, los puentes de caña, sin olvidarse de decir al cura sus amistades con el segundo cabo, con el alcalde tal, con el oidor cual, con el intendente, etc., personas todas de categoría que le guardaban mucha consideración.