—Hubiera usted venido dos días antes, doña Victorina,—repuso capitán Tiago en una pequeña pausa,—y habría usted encontrado á S. E. el Capitán general: allí estaba sentado.

—¿Qué? ¿Cómo? ¿Estuvo aquí S. E.? ¿Y en su casa de usted? ¡Mentira!

—¡Le digo á usted que allí se sentaba! Hubiera usted venido dos días antes...

—¡Ah! ¡qué lástima que Clarita no se haya enfermado antes!—exclama ella con verdadero pesar, y dirigiéndose á Linares:

—¿Oyes, primo? ¡Aquí estaba S. E.! ¿Ves si tenía razón De Espadaña cuando te decía que no ibas á casa de un miserable indio? Porque usted sabrá, don Santiago, que nuestro primo era en Madrid amigo de ministros y duques y comía en casa del conde del Campanario.

—Del duque de la Torre, Victorina,—le corrige su marido.

—Lo mismo da, ¿si me dirás tú á mi?...

—¿Encontraría yo este día al padre Dámaso en su pueblo?—interrumpe Linares dirigiéndose al padre Salví;—me han dicho que está cerca de aquí.

—Precisamente está aquí y vendrá dentro de poco,—contestó el cura.

—¡Cuánto me alegro! tengo una carta para él,—exclamó el joven,—y si no fuera por esta feliz casualidad que me trae aquí, habría venido expresamente para visitarle.