La feliz casualidad entretanto se había despertado.

—De Espadaña,—dice doña Victorina terminando el almuerzo,—¿vamos á ver á Clarita?—Y á capitán Tiago:—¡Por usted solo, don Santiago, por usted solo! Mi marido no cura más que á las personas de categoría, y ¡aun, aun! Mi marido no es como los de aquí... en Madrid no visitaba más que á los personajes de categoría.

Pasaron al cuarto de la enferma.

La habitación estaba casi á obscuras, las ventanas cerradas por miedo á una corriente de aire, y la poca luz que la iluminaba partía de los cirios que ardían delante una imagen de la Virgen de Antipolo.

Ceñida la cabeza con un pañuelo empapado en agua de Colonia, envuelto cuidadosamente el cuerpo en blancas sábanas de abundantes pliegues, que velaban sus formas virginales, yacía la joven en su catre de kamagon[3], entre cortinajes de jusi y piña. Sus cabellos, formando un marco al rededor de su ovalado semblante, aumentaban aquella transparente palidez, animada únicamente por sus grandes ojos, llenos de tristeza. A su lado estaban las dos amigas y Andeng con un ramo de azucenas.

De Espadaña tomóle el pulso, examinó la lengua, hizo unas cuantas preguntas, y dijo moviendo la cabeza á un lado y otro:

—¡E... está enferma, pero se puede curar!

Doña Victorina miró con orgullo á los circunstantes.

—¡Liquen con leche por la mañana, jarabe de altea, dos píldoras de cinoglosa!—ordenó de Espadaña.

—Cobra ánimo, Clarita,—decía doña Victorina acercándose;—hemos venido para curarte... Te voy á presentar á nuestro primo.