Lucas rascóse de nuevo la cabeza.
—¡Pst! Este dinero no es mío, me lo ha dado don Crisóstomo para los que le quieran servir. Pero veo que no sois como vuestro padre; aquél sí que era valiente; el que no lo es, que no busque diversiones.
Y se alejó de ellos, aunque no mucho.
—Aceptemos ya ¿qué más da?—dijo Bruno.—Lo mismo da morir ahorcado que fusilado: los pobres no servimos para otra cosa.
—Tienes razón, pero piensa en nuestra hermana.
Entretanto el redondel se ha despejado, va á comenzar la lid. Las voces empiezan á callarse, y los dos soltadores y el perito atador de navajas se quedan en medio. A una señal del sentenciador, aquél desnuda los aceros, y brillan las finas hojas, amenazadoras, relucientes.
Los dos hermanos se acercan tristes y silenciosos al cerco, y observan, apoyando la frente contra la caña. Un hombre se acerca y les dice al oído:
—¡Pare![3] ciento contra diez; ¡yo soy por el blanco!
Társilo le mira con aire atontado. Bruno le da un codazo, al que responde con un gruñido.
Los soltadores tienen los gallos con delicadeza magistral, cuidando de no herirse. Reina un silencio solemne: creeríase que los presentes, menos los dos soltadores, son horribles muñecos de cera. Acercan un gallo al otro, sujetándole la cabeza á uno para que al ser picoteado se irrite, y viceversa: en todo duelo debe de haber igualdad, lo mismo entre galos parisienses que entre gallos filipinos. Después les hacen verse cara á cara, los acercan, con lo que los pobres animalitos saben quién les ha arrancado una plumita y con quién deben luchar. Erízase el plumaje del cuello, se miran con fijeza, y rayos de ira se escapan de sus redondos ojitos. Entonces ha llegado el momento: los depositan en tierra á distancia y les dejan el campo libre.