Avanzan lentamente. Oyense sus pisadas sobre el duro suelo; nadie habla, nadie respira. Bajando y subiendo la cabeza como midiéndose con la mirada, los dos gallos emiten sonidos, tal vez de amenaza y desprecio. Han divisado la brillante hoja, que lanza fríos y azulados reflejos; el peligro los anima y dirígense uno á otro decididos, pero á un paso de distancia se detienen, y con la mirada fija bajan la cabeza y vuelven á erizar sus plumas. En aquel momento el pequeño cerebro se baña en sangre, brota el rayo, y con su natural valor se lanzan impetuosamente el uno contra el otro; chocan entre sí pico contra pico, pecho contra pecho, acero contra acero y ala contra ala: los golpes se han parado con maestría, y sólo han caído algunas plumas. Vuelven á medirse de nuevo; de repente el blanco vuela, se eleva agitando la mortífera navaja, pero el rojo ha doblado las piernas, ha bajado la cabeza, y el blanco sólo ha azotado el aire; mas, al tocar el suelo, evitando ser herido de espaldas, vuélvese rápidamente y hace frente. Atácale el rojo con furia, pero se defiende con serenidad: no en vano es el favorito del público. Todos siguen trémulos y ansiosos las peripecias del combate, soltando alguno que otro involuntario grito. El suelo se va cubriendo de plumas rojas y blancas, tintas en sangre: pero no es á primera sangre el duelo; el filipino, siguiendo aquí las leyes dadas por el gobierno, quiere que sea á muerte ó á quien huya el primero. La sangre riega el suelo ya, los golpes menudean, pero la victoria sigue indecisa. Por fin, tentando un supremo esfuerzo, el blanco se arroja para dar el último golpe, clava su navaja en el ala del rojo y se engancha entre los huesos; pero el blanco ha sido herido en el pecho, y ambos, desangrados, extenuados, jadeantes, unido el uno al otro, permanecen inmóviles hasta que el blanco cae, arroja sangre por el pico, patalea y agoniza; el rojo, sujeto del ala, se mantiene á su lado, poco á poco dobla sus piernas y cierra lentamente sus ojos.

Entonces el sentenciador, de acuerdo con lo que prescribe el gobierno, declara vencedor al rojo; una salvaje gritería saluda la sentencia, gritería que se oye en todo el pueblo, prolongada, uniforme y dura algún tiempo. El que la oye de lejos, comprende entonces que el que ha ganado es el dejado; de lo contrario el júbilo duraría menos. Tal sucede entre las naciones: una pequeña que consigue alcanzar una victoria sobre otra grande, la canta y la cuenta por los siglos de los siglos.

—¿Ves?—dijo Bruno con despecho á su hermano,—si me hubieses creído hoy tendríamos cien pesos: por ti estamos sin un cuarto.

Társilo no contestó, pero miró con ojos entornados al rededor suyo, como buscando á alguien.

—Allá está hablando con Pedro,—añade Bruno;—le da dinero, ¡cuánto dinero!

En efecto, Lucas contaba sobre la mano del marido de Sisa monedas de plata. Cámbianse aún algunas palabras en secreto y se separan al parecer satisfechos.

—Pedro habrá sido contratado: ¡ese, ese sí que es decidido!—suspira Bruno.

Társilo permanece sombrío y pensativo; con la manga de la camisa se enjuga el sudor que corre por su frente.

—Hermano,—dice Bruno,—yo voy si tú no te decides; la ley[4] continúa, el lásak debe ganar y no podemos perder tan buena ocasión. Quiero apostar en la soltada siguiente; ¿qué más da? Así vengamos al padre.

—¡Espera!—le dice Társilo y le mira fijamente en los ojos: ambos estaban pálidos;—voy contigo, tienes razón: vengaremos al padre.