—Es que sin libertad no hay luz,—replicó el piloto con viveza;—decís que conocéis poco vuestro país, lo creo. No véis la lucha que se prepara, no véis la nube en el horizonte; el combate comienza en la esfera de las ideas para descender á la arena, que se teñirá en sangre; oigo la voz de Dios, ¡ay de los que quieran resistirle! ¡para ellos no se ha escrito la historia!

Elías estaba transfigurado: de pie, descubierto, su semblante varonil, iluminado por la luna, tenía algo de extraordinario. Sacudió su abundante cabellera, y continuó:

—¿No véis como todo despierta? El sueño duró siglos, pero un día cayó el rayo, y el rayo, al destruir, llamó la vida; desde entonces nuevas tendencias trabajan los espíritus, y estas tendencias, hoy separadas, se unirán un día guiadas por Dios. Dios no ha faltado á los otros pueblos, tampoco faltará al nuestro; su causa es la causa de la libertad.

Un silencio solemne siguió á estas palabras. Entretanto la banca, llevada insensiblemente por las olas, se acercaba á la orilla. Elías fué el primero que rompió el silencio.

—¿Qué he decir á los que me envían?—preguntó cambiando de tono.

—Ya os lo he dicho: que deploro mucho su estado, pero que esperen, pues los males no se curan con otros males, y en nuestra desgracia todos tenemos nuestras culpas.

Elías no volvió á replicar; bajó la cabeza, continuó remando, y llegado á la orilla, se despidió de Ibarra, diciendo:

—Os doy gracias, señor, por la condescendencia que habéis tenido conmigo; en interés vuestro os pido que en adelante os olvidéis de mí y no me reconozcáis en cualquiera situación que me encontréis.

Y dicho esto, volvió á conducir la banca, remando en dirección á una espesura en la playa. Durante la larga travesía permaneció silencioso; parecía no ver otra cosa que los millares de diamantes, que con el remo sacaba y devolvía al lago donde desaparecían misteriosos entre las azules ondas.

Por fin llegó; un hombre salió de la espesura y se le acercó.