—Y ¿para qué están los sacerdotes que pregonan su misión de paz y caridad? ¿Será más meritorio mojar con agua la cabeza de un niño, darle á comer sal, que despertar en la obscurecida conciencia de un criminal esa centella, dada por Dios á cada hombre para buscar el bien? ¿Será más humano acompañar á un reo al patíbulo, que acompañarle por la difícil senda que conduce del vicio á la virtud? ¿No se pagan también espías, verdugos y guardias civiles? Esto, sobre ser sucio, cuesta dinero también.

—Amigo mío, ni vos ni yo, aunque lo queramos, lo conseguiremos.

—Solos, en verdad, somos nada; pero tomad la causa del pueblo, uníos al pueblo, no desoigáis sus voces, dad ejemplo á los demás, ¡dad la idea de lo que se llama una patria!

—Lo que pide el pueblo es imposible; es menester esperar.

—¡Esperar, esperar equivale á sufrir!

—Si lo pidiese, se me reirían.

—Y ¿si el pueblo os sostiene?

—¡Jamás! no seré yo nunca el que he de guiar á la multitud á conseguir por la fuerza lo que el gobierno no cree oportuno, ¡no! Y si yo viera alguna vez á esa multitud armada, me pondría del lado del gobierno y la combatiría, pues en esa turba no vería á mi país. Yo quiero su bien, por eso levanto una escuela; lo busco por medio de la instrucción, por el progresivo adelanto; sin luz no hay camino.

—¡Sin lucha tampoco hay libertad!—contestó Elías.

—¡Es que yo no quiero esa libertad!