Ibarra se levantó de su asiento.
«¡Oh, no os inquietéis! la prostitución no era ya una deshonra para ella ni un deshonor para el marido: honor y vergüenza ya no existían. El marido curó de sus heridas y vino á ocultarse con su mujer é hijo en los montes de esta provincia. Aquí parió la mujer un feto estropeado y lleno de enfermedades, que tuvo la fortuna de morir. Aquí vivieron algunos meses aún, miserables, aislados, odiados y temidos de todos. No pudiendo mi abuelo soportar su miseria y menos valeroso que su mujer, se ahorcó, desesperado de ver á su esposa enferma, privada de todo auxilio y cuidado. El cadáver se pudrió á la vista del hijo, que apenas podía cuidar á su madre enferma, y el mal olor lo descubrió á la justicia. Mi abuela fué acusada y condenada por no haber dado parte; se le atribuyó la muerte de su marido y se creyó esto, pues ¿de qué no es capaz la mujer de un miserable, que después fué prostituta? Si jura, la llaman perjura, si llora le dicen que miente, y blasfema si invoca á Dios. Sin embargo, le tuvieron consideración y esperaron su alumbramiento para después azotarla: sabéis que los frailes extienden la creencia de que á los indios únicamente se los puede tratar á palos: leed lo que dice el padre Gaspar de S. Agustín.
«Condenada así una mujer, maldecirá el día en que su hijo salga á luz: lo cual es, además de prolongar el suplicio, violentar los sentimientos maternales. La mujer parió con felicidad por desgracia, y por desgracia también el niño nació robusto. Dos meses después cumplióse la sentencia con gran satisfacción de los hombres, que así creían cumplir con su deber. No tranquila ya en estos montes, huyó con sus dos hijos á la vecina provincia y allí vivieron como fieras: odiando y odiados. El mayor de los dos hermanos, que recordaba en medio de tanta miseria su infancia feliz, se hizo tulisán tan luego como se halló con fuerzas. Pronto el nombre sanguinario de Bálat se estendió de provincia en provincia, terror de los pueblos, porque en su venganza todo lo llevaba á sangre y fuego. El menor, que había recibido de la Naturaleza un corazón bueno, habíase resignado con su suerte é infamia al lado de su madre: vivían de lo que el bosque daba, vestíanse de los andrajos que les arrojaban los caminantes, ella había perdido su nombre, sólo se la conocía por los apelativos de delincuente, prostituta, apaleada; él era únicamente conocido por el hijo de su madre, porque por la dulzura de su carácter no le creían hijo del incendiario, y porque todo se puede dudar de la moralidad de los indios. Al fin, el famoso Bálat cayó un día en poder de la Justicia, que le pidió estrecha cuenta de sus crímenes, ella que nada hizo para enseñarle el bien; y una mañana, buscando el joven á su madre, que había ido al bosque para coger hongos y aún no había vuelto, encontróla tendida en tierra, á orillas del camino, debajo de un algodonero, la cara vuelta al cielo, los ojos desencajados, fijos, crispados los dedos, hundidos en tierra, sobre la cual se veían manchas de sangre. Ocúrresele al joven levantar la vista y seguir la mirada del cadáver, ¡y vé en la rama colgado un cesto, y dentro del cesto la ensangrentada cabeza del hermano!»
—¡Dios mío!—exclamó Ibarra.
—«¡Eso pudo exclamar mi padre!—continuó Elías fríamente.—Los hombres habían descuartizado al salteador y enterrado el tronco, pero los miembros fueron esparcidos y colgados en diferentes pueblos. Si vais alguna vez de Calamba á Santo Tomás, encontraréis todavía un miserable árbol de lomboy donde colgó pudriéndose una pierna de mi tío: la Naturaleza le ha maldecido y el árbol ni crece ni da fruto. Lo mismo hicieron con los otros miembros, pero la cabeza, la cabeza como lo mejor del individuo, como lo que más fácilmente se reconoce, la colgaron delante de la cabaña de la madre!»
Ibarra bajó la cabeza.
—«El joven huyó como un maldito,—continuó Elías;—huyó de pueblo en pueblo, por montes y valles, y cuando ya se creía desconocido, entró de trabajador en casa de un rico en la provincia de Tayabas. Su actividad, la dulzura de su carácter le granjearon la estimación de cuantos no conocían su pasado. A fuerza de trabajo y economía logró hacerse un pequeño capital, y como la miseria había pasado y era joven, pensó en ser feliz. Su buena presencia, su juventud y su situación algo desahogada le captaron el amor de una joven del pueblo, cuya mano no se atrevía á pedir por miedo de que el pasado se conozca. Pero el amor pudo más y ambos faltaron á sus deberes. El hombre, para salvar el honor de la mujer, lo arriesga todo, la pide en matrimonio, se buscan los papeles y todo se descubre: el padre de la joven era rico, consiguió que procesaran al hombre, que no trató de defenderse, lo admitió todo y fué enviado á presidio. La joven dió á luz un niño y una niña, que fueron criados en secreto, haciéndoles creer en un padre muerto, lo que no era difícil, habiendo visto, siendo de tierna edad, morir á su madre, y pensándose poco en indagar genealogías. Como nuestro abuelo era rico, nuestra niñez fué muy venturosa; mi hermana y yo nos educamos juntos, nos amábamos como sólo se aman dos gemelos que no conocen otros amores. Muy joven fuí á estudiar en el colegio de los jesuitas, y mi hermana, para no separarnos del todo, pasó á la pensión de la Concordia. Concluída nuestra corta educación, porque únicamente deseábamos ser agricultores, nos retiramos al pueblo para tomar posesión de la herencia de nuestro abuelo. Vivimos algún tiempo felices, el porvenir nos sonreía, teníamos muchos criados, nuestros campos cosechaban bien y mi hermana estaba en vísperas de casarse con un joven á quien adoraba y de quien era igualmente correspondida. Por cuestiones pecuniarias, por mi carácter entonces altivo, me enajené la voluntad de un lejano pariente, y un día me echó en cara mi tenebroso nacimiento, mi infame ascendencia. Yo lo creí una calumnia y pedí satisfacción; la tumba en que dormía tanta podredumbre se volvió á abrir y la verdad salió para confundirme. Para mayor desdicha, teníamos desde hace años un criado viejo, que sufría todos mis caprichos sin dejarnos nunca, contentándose sólo con llorar y gemir entre las burlas de los otros servidores. Yo no sé cómo lo averiguó mi pariente; el caso es que citó ante la justicia á este viejo y le hizo declarar la verdad; el viejo criado era nuestro padre, que se pegaba á sus queridos hijos y á quien yo había maltratado varias veces. Nuestra dicha se desvaneció, renuncié á nuestra fortuna, mi hermana perdió su novio, y con mi padre abandonamos el pueblo para ir á otro punto cualquiera. El pensamiento de haber contribuido á nuestra desgracia acortó los días del anciano, de cuyos labios supe todo el doloroso pasado. Mi hermana y yo nos quedamos solos.
»Ella lloró mucho, pero en medio de tantos dolores como sobre nosotros se amontonaron, no pudo olvidarse de su amor. Sin quejarse, sin decir una palabra, vió casarse con otra á su antiguo novio, y yo la ví poco á poco enfermarse sin poderla consolar. Un día desapareció; en vano la busqué por todas partes, en vano pregunté por ella, hasta que seis meses después supe que por aquella época, después de una crecida del lago, se había encontrado en la playa de Calamba entre unos arrozales el cadáver de una joven, ahogada ó asesinada; tenía, según dicen, un cuchillo clavado en el pecho. Las autoridades de aquel pueblo hicieron publicar el hecho en los pueblos vecinos; nadie se presentó á reclamar el cadáver, ninguna joven había desaparecido. Por las señas que me dieron después, por el traje, las alhajas, la hermosura de su rostro y su abundantísima cabellera, reconocí en aquella á mi pobre hermana. Desde entonces vago de provincia en provincia; mi fama y mi historia andan en boca de muchos, se me atribuyen hechos, á veces se me calumnia, pero hago poco caso de los hombres y continúo mi camino. He aquí brevemente relatada mi historia, y la historia de uno de los juicios de los hombres».
Elías se calló y continuó remando.
—Voy creyendo que no os falta razón,—murmuró en voz baja Crisóstomo,—cuando decís que la justicia debía procurar el bien por la recompensa de la virtud y la educación de los criminales. Sólo que... esto es imposible, utópico; pues ¿de dónde sacar tanto dinero, tantos nuevos empleados?