—Mis desgracias reconocen otro origen, si supiese que iban á ser de alguna utilidad, os las referiría, pues aparte de que no hago de ellas ningún misterio, son bastante conocidas de muchos.

—Acaso el saberlas rectifique mis juicios; sabéis que desconfío mucho de las teorías, me guío más por los hechos.

Elías permaneció pensativo algunos instantes.

—Si es así, señor,—repuso,—os referiré brevemente mi historia.


[1] En otro tiempo, propietarios de tierras, quienes para cultivarlas utilizaban el trabajo de los indios, sujetos á servidumbre real. Elías alude á las luchas sostenidas por los frailes contra los primitivos colonos. [↑]

L

La familia de Elías

«Hará unos sesenta años vivía mi abuelo en Manila y servía de tenedor de libros en casa de un comerciante español. Mi abuelo era entonces muy joven, estaba casado y tenía un hijo. Una noche, sin saberse cómo, ardió el almacén, el incendio se comunicó á toda la casa y de ésta á otras muchas. Las pérdidas fueron innumerables, se buscó un criminal y el comerciante acusó á mi abuelo. En vano protestó, y como era pobre y no podía pagar á los célebres abogados, fué condenado á ser azotado públicamente y paseado por las calles de Manila. No hace mucho se usaba todavía este castigo infamante, que el pueblo llama caballo y vaca, peor mil veces que la misma muerte. Mi abuelo, abandonado de todos menos de su joven esposa, vióse atado á un caballo, seguido de una cruel multitud, azotado en cada esquina, á la faz de los hombres, sus hermanos, y en la vecindad de los numerosos templos de un Dios de paz. Cuando el desgraciado, infame ya para siempre, hubo satisfecho la venganza de los hombres con su sangre, sus torturas y sus gritos, le tuvieron que sacar del caballo pues había perdido el sentido, y ¡ojalá hubiese muerto! Por una de esas crueldades refinadas le dieron la libertad; su pobre mujer, encinta entonces, en vano mendigó de puerta en puerta trabajo ó limosna, para cuidar al enfermo marido y al pobre hijo, ¿quién se fía de la mujer de un incendiario é infame? ¡La esposa, pues, tuvo que dedicarse á la prostitución!»