—¡Ah, yo me olvido de mí y olvido mis propios males ante la seguridad de Filipinas, ante los intereses de España!—interrumpió vivamente Ibarra.—Para conservar á Filipinas es menester que continúen como son los frailes, y en la unión con España está el bien de nuestro país.
Ibarra había concluído ya de hablar, y Elías escuchaba aún; su fisonomía está triste, sus ojos han perdido su brillo.
—Los misioneros han conquistado el país, es verdad,—repuso;—¿creéis que por los frailes se conservará Filipinas?
—Sí, sólo por ellos, así lo creen cuantos han escrito sobre Filipinas.
—¡Oh!—exclamó Elías arrojando con desaliento el remo en la banca;—no creía que tuviéseis tan pobre idea del gobierno y del país. ¿Por qué no despreciáis á uno y otro? ¿qué diríais de una familia que sólo vive en paz por la intervención de un extraño? ¡Un país que obedece porque se le engaña, un gobierno que manda porque se vale del engaño, un gobierno que no sabe hacerse amar ni respetar por sí mismo! Perdonad, señor, pero creo que vuestro gobierno es torpe y suicida cuando se alegra de que tal se crea. Os doy gracias por vuestra amabilidad ¿á dónde queréis que os conduzca ahora?
—No,—repuso Ibarra;—discutamos, es menester saber quién tiene la razón en materia tan importante.
—Perdonad, señor,—contestó Elías sacudiendo la cabeza;—no soy bastante elocuente para convenceros; si bien he tenido alguna educación, soy un indio, mi existencia para vos es dudosa, y mis palabras os parecerán siempre sospechosas. Los que han expresado la opinión contraria son españoles, y como tales, aunque digan trivialidades ó simplezas, el tono, los títulos y el origen las consagran, les dan tal autoridad que desisto para siempre de combatirlos. Además, cuando veo que vos que amáis vuestro país, vos cuyo padre descansa debajo de estas tranquilas olas, vos que os habéis visto provocado, insultado y perseguido, conserváis tales opiniones á pesar de todo y de vuestra ilustración, empiezo á dudar de mis convicciones y admito la posibilidad de que el pueblo se equivoque. He de decir á esos desgraciados que han puesto su confianza en los hombres, que la pongan en Dios ó en sus brazos. Os doy de nuevo las gracias y mandad á donde os debo conducir.
—Elías, vuestras amargas palabras llegan hasta mi corazón y me hacen también dudar. ¿Qué queréis? No me he educado en medio del pueblo, cuyas necesidades desconozco tal vez; he pasado mi niñez en el colegio de los jesuítas, he crecido en Europa, me he formado en los libros y he leído sólo lo que los hombres han podido traer á la luz; lo que permanece entre las sombras, lo que no dicen los escritores, eso lo ignoro. Con todo, amo como vos nuestra patria, no sólo porque es deber de todo hombre amar el país á quien debe el sér y á quien deberá acaso el último asilo; no sólo porque mi padre me lo ha enseñado así, porque mi madre era india, y porque todos mis más hermosos recuerdos viven en él; ¡le amo además porque le debo y le deberé mi felicidad!
—Y yo porque le debo mi desgracia,—murmuró Elías.
—Sí, amigo mío, sé que sufrís, sois desgraciado, y esto os hace ver oscuro el porvenir é influye en vuestra manera de pensar; por esto escucho con cierta prevención vuestras quejas. Si pudiese yo apreciar los motivos, parte de ese pasado...