Elías hablaba con pasión, con entusiasmo; sus ojos brillaban y el timbre de su voz resonaba vibrante. Siguió una solemne pausa: la banca, no impelida por el remo, parecía mantenerse tranquila sobre las aguas; la luna resplandecía majestuosa en un cielo de zafir, algunas luces brillaban á lo lejos en la ribera.

—Y ¿qué más piden?—preguntó Ibarra.

—Reforma del sacerdocio—respondió con voz desalentada y triste Elías;—los desgraciados piden más protección contra...

—¿Contra las órdenes religiosas?

—Contra sus opresores, señor.

—¿Habrá olvidado Filipinas lo que á estas órdenes debe? ¿habrá olvidado la inmensa deuda de gratitud á los que los han sacado del error para darles la fé, á los que los han amparado contra las tiranías del poder civil? ¡He aquí el mal de desconocer la historia patria!

Elías, sorprendido, apenas podía dar crédito á lo que oía.

—Señor,—repuso con voz grave;—acusáis de ingratitud al pueblo; permitid que yo, uno del pueblo que sufre, lo defienda. Los favores que se hacen, para que tengan derecho al reconocimiento, necesitan ser desinteresados. Hagamos caso omiso de la misión, de la caridad cristiana, tan manoseada; prescindamos de la historia, no preguntemos qué ha hecho España del pueblo judío, que ha dado á toda Europa, un libro, una religión y un Dios; qué ha hecho del pueblo árabe que le ha dado cultura, ha sido tolerante con su religión y ha despertado su amor propio nacional, aletargado, destruído casi durante la dominación romana y goda. Decís que nos han dado la fe y nos han sacado del error; ¿llamáis fe á esas prácticas exteriores, religión á ese comercio de correas y escapularios, verdad á esos milagros y cuentos que oímos todos los días? ¿Es ésta la ley de Jesucristo? Para esto no necesitaba un Dios dejarse crucificar ni nosotros obligarnos á una gratitud eterna: la superstición existía mucho antes, sólo necesitaba perfeccionarla, y subir el precio de las mercancías. Me diréis que, por imperfecta que fuese nuestra religión de ahora, es preferible á la que teníamos; lo creo y convengo en ello, pero es demasiado cara, pues por ella hemos renunciado á nuestra nacionalidad, á nuestra independencia; por ella hemos dado á sus sacerdotes nuestros mejores pueblos, nuestros campos y damos aún nuestras economías con la compra de objetos religiosos. Se nos ha introducido un artículo de industria extranjera, lo pagamos bien y estamos en paz. Si me habláis de la protección dada contra los encomenderos[1], os podría contestar que por ellos caímos bajo el poder de estos encomenderos; pero no, reconozco que una verdadera fe y un verdadero amor á la humanidad guiaban á los primeros misioneros que vinieron á nuestras playas; reconozco la deuda de gratitud hacia aquellos nobles corazones; sé que la España de entonces abundaba en héroes de todas clases, así en lo religioso, como en lo político, en lo civil y en lo militar. Pero porque los antepasados fueron virtuosos, ¿consentiríamos el abuso en sus degenerados descendientes? Porque se nos ha hecho un gran bien, ¿seríamos culpables por impedir que nos hagan un mal? El país no pide la abolición, sólo pide reformas que exigen las nuevas circunstancias y las nuevas necesidades.

—Yo amo á nuestra patria, como la podéis amar vos, Elías; comprendo algo lo que desea, he oído con atención lo que dijisteis y con todo, amigo mío, creo que vemos un poco con los ojos de la pasión: aquí menos que en otra parte veo la necesidad de las reformas.

—¿Será posible, señor?—preguntó Elías extendiendo con desaliento las manos—¿no véis la necesidad de reformas, vos cuyas desgracias de familia...