—¡La seguridad de los pueblos!—exclamó Elías con amargura.—Pronto hará quince años que estos pueblos tienen su guardia civil y ved: aún tenemos tulisanes, aún oimos que se saquean pueblos, aún se ataja en los caminos; los robos continúan y no se averiguan los autores; el crimen existe y vaga libre el verdadero criminal, pero no así el pacífico habitante del pueblo. Preguntad á cada honrado vecino si mira esta institución como un bien, una protección del gobierno y no como una imposición, un despotismo cuyas demasías hieren más que las violencias de los criminales. Estas suelen ser en verdad grandes, pero raras, y contra ellas está uno facultado para defenderse; contra las vejaciones de la fuerza legal no se permite ni la protesta, y si no son tan grandes, son sin embargo continuas y sancionadas. ¿Qué efecto produce esta institución en la vida de nuestros pueblos? Paraliza las comunicaciones, porque todos temen ser maltratados por fútiles causas; se fija más en formalidades que no en el fondo de las cosas, primer síntoma de la incapacidad; porque uno se ha olvidado su cédula, ha de ser maniatado y maltratado; no importa si es una persona decente y bien considerada; los jefes tienen por primer deber el hacerse saludar de grado ó por fuerza, aun en la oscuridad de la noche, en lo que les imitan los inferiores para maltratar y despojar á los campesinos, y pretextos no les faltan; no existe el sagrado del hogar: hace poco en Calamba asaltaron, pasando por la ventana, la casa de un pacífico habitante á quien el jefe debía favores; no hay la seguridad del individuo: cuando necesitan limpiar el cuartel ó la casa, salen y prenden á todo el que no se resiste para hacerle trabajar durante el día; ¿queréis más? pues durante estas fiestas han continuado los juegos prohibidos, pero han turbado brutalmente los regocijos permitidos por la autoridad; visteis qué pensaba el pueblo acerca de ellos; ¿qué ha sacado con deponer sus iras y esperar en la justicia de los hombres? ¡Ah, señor, si á esto llamáis conservar el orden!...
—Convengo en que hay males,—replicó Ibarra,—pero aceptemos estos males por los bienes que los acompañan. Esta institución puede ser imperfecta, pero, creedlo, impide por el terror que inspira el que el número de los criminales aumente.
—Decid más bien que por este terror aumenta el número,—rectificó Elías.—Antes de la creación de este cuerpo, todos los malhechores casi, con excepción de muy pocos, eran criminales por el hambre; pillaban y robaban para vivir, pero pasaba la carestía, y los caminos se veían otra vez libres; bastaban para ahuyentarlos con sus imperfectas armas los pobres, pero valientes cuadrilleros, tan calumniados por los que han escrito sobre nuestro país, los que tienen por derecho el morir, por deber el luchar, y por recompensa la burla. Ahora hay tulisanes, y son para toda su vida. Una falta, un crimen inhumanamente castigado, la resistencia contra las demasías de este poder, el temor á atroces suplicios los arrojan para siempre de la sociedad y los condenan á matar ó á morir. El terrorismo de la guardia civil les cierra las puertas del arrepentimiento, y como un tulisán lucha y se defiende en la montaña mejor que un soldado de quien se burla, resulta que no somos capaces de extinguir el mal que hemos creado. Acordaos de lo que ha hecho la prudencia del Capitán general, de la Torre: el indulto, concedido por él á esos infelices, ha probado que en estos montes late aún el corazón del hombre y sólo espera el perdón. El terrorismo es útil cuando el pueblo es esclavo, cuando el monte no tiene cavernas, cuando el poder pone apostado detrás de cada árbol un centinela y cuando en el cuerpo del esclavo sólo hay estómago y tripas; pero, cuando el desesperado que lucha por la vida siente su brazo fuerte, latir su corazón y su sér llenarse de bilis, ¿podrá el terrorismo apagar el incendio al que libra combustibles?
—Me confundís, Elías, al oiros hablar así; creería que tenéis razón si no tuviese yo mis propias convicciones. Pero notad un hecho,—no os déis por ofendido pues os excluyo y os miro como una excepción;—ved quiénes son los que piden esa reforma. ¡Casi todos criminales ó gentes que están para serlo!
—Criminales ó futuros criminales, pero ¿por qué lo son? Porque se les ha turbado la paz, arrancado la felicidad, herido en sus más caras afecciones, y al pedir protección á la justicia, se han convencido de que sólo la podían esperar de sí mismos. Pero os equivocáis, señor, si creéis que sólo la piden los criminales; id de pueblo en pueblo, de casa en casa; escuchad los secretos suspiros de las familias y os convenceréis de que los males que la Guardia civil corrige, son iguales, si no menores, á los que ella continuamente causa. ¿Deduciríamos por esto que son criminales todos los vecinos? Entonces ¿para qué defenderlos de los otros? ¿por qué no destruirlos á todos?
—Algún error existe aquí que se me escapa ahora, algún error en la teoría que deshace la práctica, pues en España, en la patria, este cuerpo presta y ha prestado muy grandes utilidades.
—No lo dudo: quizás esté allá mejor organizado, el personal más selecto; acaso también porque España lo necesite, pero no Filipinas. Nuestras costumbres, nuestro modo de ser, que siempre se invocan cuando se nos quiere negar un derecho, se olvidan totalmente cuando algo se nos quiere imponer. Y decidme, señor; ¿por qué no han adoptado esta institución las otras naciones, que por su vecindad á España debían parecérsele más que Filipinas? ¿Será por esto que tienen aún menos robos en sus ferrocarriles, menos motines, menos asesinatos y se dan menos puñaladas en sus grandes capitales?
Ibarra bajó la cabeza como meditando, después la levantó y contestó:
—Esta cuestión, amigo mío, necesita un serio estudio; si mis indagaciones me dicen que esas quejas son fundadas, escribiré á mis amigos de Madrid, puesto que no tenemos diputados. Entretanto, creed que el gobierno necesita de un cuerpo, que tenga fuerza ilimitada, para hacerse respetar, y autoridad para imponer.
—Eso, señor, cuando el gobierno está en guerra con el país; mas, para bien del gobierno, no debemos hacer creer al pueblo que está en oposición contra el poder. Y si así fuese, si prefiriésemos la fuerza al prestigio, debíamos mirar bien á quién damos esta fuerza ilimitada, esta autoridad. Tanta fuerza en manos de hombres, y hombres ignorantes, llenos de pasiones, sin educación moral, sin honradez probada, es un arma en manos de un loco entre una multitud inerme. Concedo y quiero creer con vos que el gobierno necesita este brazo; pues que escoja bien su brazo, que escoja los más dignos; y puesto que prefiere darse autoridad á que el pueblo se la conceda, al menos que haga ver que sabe dársela.