—¿De modo que desean?...
—Reformas radicales en la fuerza armada, en los sacerdotes, en la administración de justicia, es decir, piden una mirada paternal por parte del Gobierno.
—Reformas ¿en qué sentido?
—Por ejemplo; más respeto á la dignidad humana, más seguridades al individuo, menos fuerza á la fuerza ya armada, menos privilegios para este cuerpo que fácilmente abusa de ellos.
—Elías,—contestó el joven,—yo no sé quién sois, pero adivino que no sois un hombre vulgar; pensáis y obráis de otra manera que los otros. Vos me comprenderéis, si os digo que si bien el estado actual de las cosas es defectuoso, más lo sería si se cambiase. Yo podría hacer hablar á los amigos que tengo en Madrid, pagándolos, podría hablar al Capitán general, pero ni aquellos conseguirían nada, ni éste tiene tanto poder para introducir tantas novedades, ni yo daría jamás un paso en este sentido, porque comprendo muy bien que si es verdad que estas Corporaciones tienen sus defectos, son ahora necesarias: son lo que se llama un mal necesario.
Elías, muy sorprendido, levantó la cabeza y le miró atónito.
—¿Creéis vos también, señor, en el mal necesario?—preguntó con voz ligeramente temblorosa;—¿creéis que para hacer el bien se necesita hacer el mal?
—No; creo en él como en un remedio violento de que nos valemos cuando queremos curar una enfermedad. Ahora bien, el país es un organismo que padece una enfermedad crónica, y para sanarle, el gobierno se ve precisado á usar de medios, duros y violentos si queréis, pero útiles y necesarios.
—Mal médico es, señor, aquel que sólo busca corregir los síntomas y sofocarlos, sin tratar de indagar el origen del mal, ó conociéndolo, teme atacarlo. La guardia civil tiene no más que este fin: represión del crimen por el terror y la fuerza, fin que no se llena ni se cumple más que por casualidad. Y hay que tener en cuenta que la sociedad sólo puede ser severa con los individuos, cuando les ha suministrado los medios necesarios para su perfectibilidad moral. En nuestro país, como no hay sociedad, pues no forman una unidad el pueblo y el gobierno, éste debe ser indulgente, no sólo porque necesita indulgencia, sino porque el individuo, descuidado y abandonado por él, tiene menos luces. Además, siguiendo vuestra comparación, el tratamiento que se aplica á los males del país, es tan destructor que sólo se deja sentir en el organismo sano, cuya vitalidad debilita y prepara al mal. ¿No sería más razonable fortalecer el organismo enfermo y aminorar un poco la violencia del medicamento?
—Debilitar á la guardia civil sería poner en peligro la seguridad de los pueblos.