—¿La fatalidad?

—Sí; figuraos que al venir me encuentro con el alférez, que se esfuerza en ofrecerme su compañía; yo que pensaba en vos y sabía que os conocía, para alejarle le he dicho que me iba á ese pueblo, en donde tendré que estar todo el día, pues el hombre me quiere buscar mañana á la tarde.

—Os agradezco esta atención, pero debíais sencillamente invitarle á que os acompañara,—contestó Elías con naturalidad.

—¡Cómo! ¿y vos?

—No me habría reconocido, pues la única vez que me vió no podía pensar en hacer mi filiación.

—¡Estoy de malas!—suspiró Ibarra, pensando en María Clara.—¿Qué teníais que decirme?

Elías miró al rededor suyo. Estaban ya lejos de la orilla; el sol se había ocultado y, como en estas latitudes el crepúsculo apenas dura, comenzaban las sombras á extenderse, y hacían brillar el disco de la luna en su lleno.

—Señor,—repuso Elías con voz grave,—soy portador de los deseos de muchos desgraciados.

—¿De los desgraciados? ¿Qué queréis decir?

Elías le refirió en pocas palabras la conversación que había tenido con el jefe de los tulisanes, omitiendo las dudas que éste abrigaba y sus amenazas. Ibarra le escuchaba atentamente, y cuando Elías concluyó su relato, reinó un largo silencio, que Ibarra fué el primero en romper: