Capitán Tiago se presentó en el momento mismo, besó la mano al cura, le desembarazó de su sombrero y bastón, sonriendo como un bendito.

—¡Vamos, vamos!—decía el cura entrando en la sala, seguido de Linares y capitán Tiago;—tengo buenas noticias que participar á todos. He recibido cartas de Manila que me confirman la que ayer me trajo el señor Ibarra... de modo, don Santiago, que el impedimento desaparece.

María Clara, que estaba sentada al piano entre sus dos amigas, medio se levanta, pero pierde las fuerzas y vuelve á sentarse. Linares palidece y mira á capitán Tiago, que baja los ojos.

—Ese joven me va pareciendo muy simpático,—continúa el cura;—al principio le juzgué mal... es un poco vivo de genio, pero después sabe tan bien arreglar sus faltas que no se le puede guardar rencor. Si no fuera por el padre Dámaso...

Y el cura dirigió una rápida mirada á María Clara, que escuchaba, pero sin apartar los ojos del papel de música, á pesar de los pellizcos disimulados de Sinang, que así expresaba su alegría, y á estar á solas habría bailado.

—¿El padre Dámaso?...—preguntó Linares.

—Sí, el padre Dámaso ha dicho,—continuó el cura sin separar su vista de María Clara,—que como... padrino de bautismo, no podía él permitir... pero en fin, yo creo que si el señor Ibarra le pide perdón, lo que no dudo, todo se arreglará.

María Clara se levantó, dió una excusa y se retiró á su cuarto, acompañada de Victoria.

—Y ¿si el padre Dámaso no le perdona?—pregunta en voz baja capitán Tiago.

—Entonces... María Clara verá... el padre Dámaso es su padre... espiritual; pero yo creo que se entenderán.