En aquel instante oyéronse pasos y apareció Ibarra, seguido de la tía Isabel: su presencia produjo una impresión muy variada. Saludó con afabilidad á capitán Tiago, que no supo si sonreir ó llorar, y á Linares con una profunda inclinación de cabeza. Fray Salví se levantó y le tendió tan afectuosamente la mano, que Ibarra no pudo contener una mirada de sorpresa.
—No lo extrañe usted,—dice fray Salví;—ahora mismo le alababa á usted.
Ibarra dió las gracias y se acercó á Sinang.
—¿Dónde has estado todo el día?—preguntó ésta con su charla juvenil;—nos preguntábamos y decíamos: ¿A dónde habrá ido esa alma redimida del purgatorio? Y cada una de nosotras decía una cosa.
—Y ¿se puede saber qué decíais?
—No, eso es un secreto, pero ya te lo diré á solas. Ahora dinos dónde has estado, para ver quién ha podido adivinar.
—No, eso es también un secreto, pero yo te lo diré á solas, si los señores lo permiten.
—¡Ya lo creo, ya lo creo! ¡No faltaba más!—dijo el padre Salví.
Sinang llevó á Crisóstomo á un extremo de la sala: ella estaba muy alegre con la idea de saber un secreto.
—Dime, amiguita,—preguntó Ibarra;—¿está María enfadada conmigo?