—No lo sé, pero dice que es mejor que la olvides y se echa á llorar. Capitán Tiago quiere que se case con aquel señor, el padre Dámaso también, pero ella no dice ni sí ni no. Esta mañana, cuando preguntábamos por tí y yo decía: ¿Si habrá ido á hacer el amor á alguna? ella me contestó: ¡Ojalá! y se puso á llorar.
Ibarra estaba serio.
—Dile á María que quiero hablarle á solas.
—¿A solas?—preguntó Sinang frunciendo las cejas y mirándole.
—Enteramente á solas, no; pero que no esté aquél delante.
—Es difícil: pero pierde cuidado, se lo diré.
—Y ¿cuándo sabré la contestación?
—Mañana, vete á casa temprano. María no quiere jamás estar sola, la acompañamos; Victorina duerme una noche á su lado y yo otra; mañana me toca el turno. Pero oye ¿y el secreto? ¿Te vas sin decirme lo principal?
—¡Es verdad! estuve en el pueblo de Los Baños; voy á explotar los cocales, pues pienso levantar una fábrica; tu padre será mi socio.
—¿Nada más que eso? ¡Vaya un secreto!—exclamó Sinang en voz alta, con el tono de un usurero estafado;—yo creía...