—¿Lo creéis?—preguntó don Filipo.
—Y ¿no lo sentís?—contestó el anciano medio incorporándose en el lecho; ¡ah! es porque no habéis visto el pasado, no habéis estudiado el efecto de la inmigración europea, de la venida de nuevos libros y de la marcha de la juventud á Europa. Estudiad y comparad: es cierto que existe aún la Real Pontificia Universidad de santo Tomás con su sapientísimo claustro, y se ejercitan todavía algunas inteligencias en formular distingos y ultimar las sutilezas del escolasticismo, pero ¿dónde encontraréis ahora aquella juventud metafísica de nuestros tiempos, de instrucción arqueológica, que, torturado el encéfalo, moría sofisticando en un rincón de provincias, sin acabar de comprender los atributos del ente, sin resolver la cuestión de la esencia y existencia, elevadísimos conceptos que nos hacían olvidar de lo esencial: de nuestra existencia y propia entidad? ¡Ved ahora la niñez! Llena de entusiasmo á la vista de más amplios horizontes, estudia historia, matemáticas, geografía, literatura, ciencias, físicas, lenguas, materias todas que en nuestro tiempo oíamos con horror, como si fuesen herejías; el más libre pensador de mi época las declaraba inferiores á las categorías de Aristóteles y á las leyes del silogismo. El hombre ha comprendido al fin que es hombre; renuncia al análisis de su Dios, á penetrar en lo impalpable, en lo que no ha visto, á dar leyes á los fantasmas de su cerebro; el hombre comprende que su herencia es el vasto mundo cuyo dominio está á su alcance; cansado de su trabajo inútil y presuntuoso, baja la cabeza y examina cuanto le rodea. Ved ahora cómo nacen nuestros poetas; las musas de la naturaleza nos abren poco á poco sus tesoros y empiezan á sonreirnos para alentarnos al trabajo. Las ciencias experimentales han dado ya sus primeros frutos; falta ahora que el tiempo las perfeccione. Los nuevos abogados se forman en los nuevos moldes de la filosofía del derecho; algunos empiezan á brillar en medio de las tinieblas que rodean á nuestra tribuna, y advierten un cambio en la marcha de los tiempos. Oid cómo habla la juventud, visitad los centros de enseñanza, y otros nombres resuenan en las de los claustros, allí donde sólo oímos los de santo Tomás, Suárez, Amat, Sánchez y otros, ídolos de mi tiempo. En vano claman desde el púlpito los frailes contra la desmoralización, como claman los vendedores de pescado contra la avaricia de los compradores, sin notar que su mercancía está pasada é inservible. En vano extienden los conventos sus prolongaciones y raíces para ahogar en los pueblos la corriente nueva; los dioses se van; las raíces del árbol pueden enflaquecer á las plantas que en él se apoyan, pero no quitar la vida á otros seres, que, como el ave, se remontan á los cielos.
El filósofo hablaba con animación; sus ojos brillaban.
—Sin embargo, el germen nuevo es pequeño; si todos se proponen el progreso, que tan caro compramos, se puede ahogar,—objetó don Filipo incrédulo.
—Ahogarle... ¿quién? ¿el hombre, ese enano enfermo, ahogar al progreso, al poderoso hijo del tiempo y de la actividad? ¿Cuándo lo pudo? El dogma, el cadalso y la hoguera, tratando de suspenderle, le empujan. E pur si muove, decía Galileo, cuando los dominicos le obligaban á declarar que la tierra no se movía; la misma frase se aplica al progreso humano. Se violentarán algunas voluntades, se sacrificarán algunos individuos, pero no importa: el progreso seguirá su camino, y de la sangre de los que caigan brotarán nuevos y vigorosos retoños. ¡Ved! la prensa misma, por más retrógrada que quisiera ser, da también un paso hacia adelante; los mismos dominicos no escapan á esta ley, é imitan á los jesuítas, sus enemigos irreconciliables: dan fiestas en sus claustros, levantan teatritos, componen poesías, porque, como no les falta inteligencia á pesar de creerse en el siglo XV, comprenden que los jesuítas tienen razón, y tomarán aún parte en el porvenir de los pueblos jóvenes que han educado.
—Según vos, ¿los jesuítas van con el progreso?—preguntó admirado don Filipo; ¿por qué, pues, se los combate en Europa?
—Os contestaré como un antiguo escolástico,—contestó el filósofo volviéndose á acostar y recobrando su fisonomía burlona:—de tres maneras se puede ir con el progreso: delante, al lado y detrás; los primeros le guían, los segundos se dejan llevar, los últimos son arrastrados, y á éstos pertenecen los jesuítas. Ellos ya quisieran dirigirle, pero, como le ven fuerte y con otras tendencias, capitulan, prefieren seguir á ser aplastados ó quedarse en medio del camino entre sombras. Ahora bien, nosotros, en Filipinas, vamos lo menos dos siglos detrás del carro: apenas empezamos á salir de la Edad media; por esto los jesuítas, que son retroceso en Europa, vistos desde aquí, representan el progreso; Filipinas les debe su naciente instrucción, las ciencias naturales, alma del siglo XIX, como á los dominicos el escolasticismo, muerto ya á pesar de León XIII: no hay papa que resucite lo que el sentido común ha ajusticiado... Pero ¿á dónde hemos ido?—preguntó cambiando de tono;—¡ah! hablábamos del estado actual de Filipinas... Sí, ahora entramos en el período de lucha, digo, vosotros: nuestra generación pertenece á la noche, nos vamos. La lucha está entre el pasado, que se aferra y agarra con maldiciones al vacilante feudal castillo, y el porvenir, cuyo canto de triunfo se oye á lo lejos, á los resplandores de una naciente aurora, trayendo la buena nueva de otros países... ¿Quiénes caerán y se sepultarán entre los escombros?
El anciano calló, y viendo que don Filipo le miraba pensativo, sonrióse y repuso:
—Casi adivino lo que pensáis.
—¿De veras?