—Pensáis que muy bien puedo equivocarme,—dijo sonriendo con tristeza;—hoy tengo fiebre y no soy infalible: homo sum et nihil humani a me alienum puto[3], decía Terencio; pero si alguna vez se permite soñar ¿por qué no soñar agradablemente en las últimas horas de la vida? Y luego, ¡no he vivido más que de sueños! Tenéis razón; ¡sueño! nuestros jóvenes no piensan más que en amoríos y placeres: más tiempo gastan y trabajan más para engañar y deshonrar á una joven, que para pensar en el bien de su país; nuestras mujeres por cuidar de la casa y la familia de Dios, se olvidan de las propias; nuestros hombres sólo son activos para el vicio y heroicos en la vergüenza; la niñez despierta en tinieblas y rutina; la juventud vive sus mejores años sin ideal, y la edad madura, estéril, tan sólo sirve para corromper con su ejemplo á la juventud... Me alegro de morir... claudite jam rivos, pueri[4].
—¿Queréis alguna medicina?—preguntó don Filipo para cambiar el giro de la conversación, que había puesto sombrío el semblante del enfermo.
—Los que mueren no necesitan medicinas; los que os quedáis sí. Decid á don Crisóstomo que me visite mañana, pues tengo cosas muy importantes que decirle. Dentro de algunos días me voy. ¡Filipinas está en las tinieblas!
Don Filipo, después de algunos minutos más de conversación, dejó grave y pensativo la casa del enfermo.
[1] El buen día se conoce á la mañana. [↑]
[3] Soy hombre, y de lo humano nada me es ajeno. [↑]
[4] Es el último verso de la 3.a égloga de Virgilio: Esclavos, detened los arroyos. [↑]