LIV
Quidquid latet, apparebit,
Nil inultum remanebit[1].
La campana anuncia la oración de la tarde; al oir el religioso tañido, detiénense todos, dejan sus ocupaciones y se descubren: el labrador que viene del campo, suspende el canto, pára el acompasado andar del carabao que monta, y reza; las mujeres se persignan en medio de la calle y agitan con afectación los labios para que nadie dude de su devoción; el hombre deja de acariciar su gallo y reza el ángelus para que la suerte le sea propicia; en las casas se reza en voz alta ... todo ruido que no sea el del avemaría se disipa, enmudece.
Sin embargo, el cura, con sombrero, atraviesa de prisa la calle y escandaliza á muchas viejas; ¡y más escándalo! se dirige á casa del alférez. Las devotas creen tiempo ya de suspender el movimiento de sus labios para besarle la mano al cura, pero el padre Salví no hace caso de ellas; hoy no encuentra placer en colocar su huesuda mano sobre la nariz cristiana, para de allí deslizarla suavemente (según ha observado doña Consolación) en el seno de una graciosa jovencita, que se inclina para pedir la bendición. ¡Importante asunto debe preocuparle para olvidarse así de sus propios intereses y de los de la Iglesia!
En efecto, precipitadamente sube las escaleras y llama con impaciencia á la puerta del alférez, que aparece cejijunto, seguido de su mitad, que sonríe coma una condenada.
—¡Ah, padre cura! iba á verle ahora; el cabrón de usted...
—Tengo un asunto importantísimo...
—No puedo permitir que me anden rompiendo el cerco... ¡le pego un tiro si vuelve!
—¡Eso si tiene usted tiempo de vivir hasta mañana!—dice el cura jadeante y dirigiéndose hacia la sala.