—¡Qué! ¿cree usted que me mata á mí ese muñeco sietemesino? ¡Le reviento de un puntapié!

Padre Salví retrocedía, y miró instintivamente hacia el pie del alférez.

—¿De quién habla usted?—preguntó temblando.

—¿De quién he de hablar, si no de ese bobalicón, que me propone un desafío á revólver á cien pasos?

—¡Ah!—respiró el cura, y añadió:—vengo á hablar á usted de un asunto urgentísimo.

—¡Déjeme usted de asuntos! Será como el de los dos muchachos!

Si la luz no hubiera sido de aceite y el globo no hubiera estado tan sucio, habría visto el alférez la palidez del cura.

—¡Hoy se trata seriamente de la vida de todos!—repuso éste á media voz.

—¡Seriamente!—repitió el alférez palideciendo; ¿tira bien ese joven?...

—No hablo de él.