—¿Entonces?
El fraile le indicó la puerta que él cerró á su manera, de un puntapié. El alférez hallaba las manos superfluas y no habría perdido nada con dejar de ser bimano. Una imprecación y un rugido respondieron de fuera.
—¡Bruto! ¡me has partido la frente!—gritó su esposa.
—¡Ahora, desembuche usted!—dijo él al cura tranquilamente.
Este le miró un largo rato; después preguntó la voz nasal y monótona de predicador:
—¿No ha visto usted que me venía corriendo?
—¡Rediós! ¡creí que estaba usted con diarrea!
—Pues bien,—dijo el cura sin cuidarse de la grosería del alférez,—cuando así falto á mi deber, es que hay graves motivos.
—Y ¿qué más?—preguntó el otro golpeando con el pie en el suelo.
—¡Calma!