—Entonces ¿á qué venir con tanta prisa?

El cura se le acercó y preguntó con misterio:

—¿No... sabe... usted... nada de nuevo?

El alférez se encogió de hombros.

—Usted confiesa que no sabe nada absolutamente.

—¿Me quiere usted hablar de Elías, que anoche escondió su sacristán mayor?—preguntó.

—No, no hablo ahora de esos cuentos,—contestó el cura malhumorado; hablo de un gran peligro.

—¡Pues, p...! suéltese usted entonces!

—¡Vaya!—dijo el fraile lentamente y con cierto desdén;—verá usted una vez más la importancia que tenemos los religiosos; el último lego vale un regimiento; con que un cura...

Y bajando la voz y con mucho misterio: