—¡He descubierto una gran conspiración!

El alférez saltó y atónito miró al fraile.

—Una terrible y bien urdida conspiración, que ha de estallar esta misma noche.

—¡Esta misma noche!—exclamó el alférez abalanzándose al cura; y, corriendo á su revólver y sable colgados de la pared,

—¿A quién prendo? ¿á quién prendo?—gritó.

—¡Cálmese usted; aún hay tiempo, gracias á la prisa que me he dado; hasta las ocho!...

—¡Afusilo á todos!

—¡Escuche usted! Esta tarde, una mujer cuyo nombre no debo decir (es un secreto de confesión) se ha acercado á mí y me lo ha descubierto todo. A las ocho se apoderan del cuartel por sorpresa, saquean el convento, apresan la falúa y nos asesinan á todos los españoles.

El alférez estaba atontado.

—La mujer no me ha dicho más que esto,—añadió el cura.