—¿No ha dicho más? ¡pues la prendo!

—No lo puedo consentir: el tribunal de la penitencia es el trono del Dios de las misericordias.

—¡No hay Dios ni misericordias que valgan! ¡la prendo!

—Está usted perdiendo la cabeza. Lo que usted debe hacer es prepararse; arme usted silenciosamente á los soldados y póngalos en emboscada; mándeme cuatro guardias para el convento y advierta á los de la falúa.

—¡La falúa no está! ¡Pido auxilio á las otras secciones!

—No, que entonces se nota, y no siguen lo que traman. Lo que importa es que los cojamos vivos y les hagamos cantar, digo, usted les hará cantar; yo, en calidad de sacerdote, no debo mezclarme en estos asuntos. ¡Atención! aquí puede usted ganarse cruces y estrellas; sólo pido que haga constar que soy yo quien le ha prevenido.

—¡Constará, Padre, constará, y acaso le caiga una mitra!—contestó el alférez radiante, mirándose las mangas de su uniforme.

—Con que me manda usted cuatro guardias disfrazados, ¿eh? ¡Discreción! esta noche á las ocho llueven estrellas y cruces.

Mientras esto pasaba, un hombre va corriendo por el camino que conduce á casa de Crisóstomo y sube las escaleras aprisa.

—¿Está el señor?—pregunta la voz de Elías al criado.