—Está en su gabinete trabajando.
Ibarra, para distraer su impaciencia esperando la hora de poder tener explicaciones con María Clara, se había puesto á trabajar en su laboratorio.
—¿Ah, sois vos, Elías?—exclamó;—pensaba en vos: ayer me había olvidado de preguntaros por el nombre de aquel español en cuya casa vivía vuestro abuelo.
—No se trata, señor, de mí...
—Ved,—continuó Ibarra sin notar la agitación del joven y acercando un trozo de caña á la llama;—he hecho un gran descubrimiento: esta caña es incombustible...
—No se trata, señor, de la caña ahora; se trata de que recojáis vuestros papeles y huyáis dentro de un minuto.
Ibarra miró sorprendido á Elías y, al ver la gravedad de su semblante, se le cayó el objeto que tenía entre las manos.
—Quemad todo cuanto os pueda comprometer y que dentro de una hora os encontréis en un lugar más seguro.
—Y ¿por qué?—preguntó al fin.