Elías cierra el puño, lo oprime contra su frente y mira á Crisóstomo, que retrocede al leer la expresión de su cara.

—¿Sabéis quién era don Pedro Eibarramendía?—pregunta entre dientes.—Don Pedro Eibarramendía era aquel miserable que calumnió á mi abuelo y causó toda nuestra desgracia... Yo buscaba su apellido, Dios os entrega á mí... ¡dadme cuenta de nuestras desgracias!

Crisóstomo le miró aterrado, pero Elías le sacudió del brazo, y le dijo con una voz amarga en que rugía el odio:

—Miradme bien, mirad si he sufrido, y vos vivís, amáis, tenéis fortuna, hogar, consideraciones, vivís... ¡vivís!

Y fuera de sí, corrió hacia una pequeña colección de armas, pero apenas hubo arrancado dos puñales, los deja caer, y mira como un loco á Ibarra, que continuaba inmóvil.

—¿Qué iba á hacer?—murmuró, y huyó de la casa.


[1] Dos versos bien conocidos del Dies irae: «Todo lo que estaba oculto será revelado, nada quedará impune.» [↑]

LV