—¡Pues bien, á lo menos evitad el golpe, preparáos para cuando os acusen!
Ibarra miró alrededor suyo en ademán atontado.
—Entonces, ayudadme; allí en esas carpetas tengo las cartas de mi familia; escoged las de mi padre que son las que tal vez me puedan comprometer. Leed las firmas.
Y el joven, aturdido, atontado, abría y cerraba cajones, recogía papeles, leía aprisa cartas, rasgaba unas, guardaba otras, sacaba libros, los hojeaba, etc. Elías hacía lo mismo, si bien con menos trastorno aunque con igual afán; pero de pronto se detiene, sus ojos se dilatan, da vueltas á un papel que tiene en la mano y pregunta con voz temblorosa:
—¿Conoció vuestra familia á don Pedro Eibarramendía?
—¡Ya lo creo!—contestó Ibarra abriendo un cajón y sacando un montón de papel;—¡era mi bisabuelo!
—¿Vuestro bisabuelo don Pedro Eibarramendía?—vuelve á preguntar Elías, lívido y con las facciones alteradas.
—Sí,—contesta Ibarra distraído;—acortamos el apellido que era largo.
—¿Era vascongado?—repitió Elías acercándosele.
—Vascongado, pero ¿qué tenéis?—pregunta sorprendido.