Ibarra, con los ojos desmesuradamente abiertos, y las manos en la cabeza, parecía no oirle.
—El golpe no se puede impedir,—continuó Elías;—he llegado tarde, desconozco á los jefes... ¡salvaos, señor, conservaos para vuestro país!
—¿A dónde huir? ¡Esta noche me esperan!—exclamó Ibarra pensando en María Clara.
—¡A otro pueblo cualquiera, á Manila, á casa de alguna autoridad, pero en otra parte, para que no se diga que dirigíais el movimiento!
—Y ¿si yo mismo denuncio la conspiración?
—¡Vos denunciar!—exclamó Elías mirándole y retrocediendo;—pasaríais por traidor y cobarde á los ojos de los conspiradores, y por pusilánime á los ojos de los otros; se diría que les tendisteis un lazo para hacer méritos, se diría...
—Pero ¿qué hacer?
—Ya os lo dije: destruir cuantos papeles tengáis que se relacionan con vuestra persona, huir y esperar los acontecimientos...
—¿Y María Clara?—exclamó el joven;—¡no, antes morir!
Elías se retorció las manos y dijo: