Tía Isabel cae de rodillas y llora y reza el kyrie eleyson; capitán Tiago, pálido y tembloroso, lleva en un tenedor el hígado de una gallina, que ofrece llorando á la Virgen de Antipolo; Linares tiene la boca llena y está armado de una cuchara; Sinang y María Clara se abrazan, el único que permanece inmóvil, como petrificado, es Crisóstomo, cuya palidez es indescriptible.

Los gritos y los golpes continuaban, las ventanas se cerraban con estrépito, se oía pitar, un tiro de cuando en cuando.

¡Christe eleyson! Santiago, que se cumple la profecía... ¡cierra las ventanas!—gemía tía Isabel.

—¡Cincuenta bombas grandes con dos misas de gracia!—contestaba capitán Tiago;—¡ora pro nobis!

Poco á poco volvía un terrible silencio... Se oye la voz del alférez que grita corriendo:

—¡Padre cura! ¡Padre Salví! ¡Venga usted!

¡Miserere! ¡El alférez pide confesión!—grita tía Isabel.

—¿Está herido el alférez?—pregunta al fin Linares;—¡ah!

Y ahora nota que no ha deglutido aún lo que tiene en la boca.

—¡Padre cura, venga usted! ¡ya no hay nada que temer!—continuaba gritando el alférez.