Fray Salví, pálido, se decide al fin, sale de su escondite y desciende las escaleras.
—¡Los tulisanes han muerto al alférez! María, Sinang, al cuarto; ¡atrancad bien la puerta! ¡kyrie eleyson!
Ibarra se dirigió también á las escaleras, á pesar de tía Isabel, que decía:
—¡No salgas, que no te has confesado, no salgas!
La buena anciana había sido muy amiga de su madre.
Pero Ibarra dejó la casa; le parecía que todo giraba en torno suyo, que le faltaba el suelo. Sus oídos le zumbaban, sus piernas se movían pesadamente y con irregularidad: olas de sangre, luz y tinieblas se sucedían en su retina.
A pesar de que la luna brillaba espléndida en el cielo, el joven tropezaba con las piedras y maderos que había en la calle, solitaria y desierta.
Cerca del cuartel vió soldados con la bayoneta calada hablar vivamente, por lo cual pasó inadvertido.
En el tribunal se oían golpes, gritos, ayes, maldiciones: la voz del alférez sobresalía y lo dominaba todo.
—¡Al cepo! ¡esposas en las manos! ¡Dos tiros al que se mueva! ¡Sargento, montará usted guardia! ¡Hoy nadie se pasea, ni Dios! ¡Capitán, no hay que dormir!