Ibarra apresuró el paso hacia su casa; sus criados le esperaban inquietos.

—¡Ensillad el mejor caballo é idos á dormir!—les dijo.

Entró en su gabinete, y á prisa quiso preparar una maleta. Abrió una caja de hierro, sacó todo el dinero que allí se encontraba y lo metió en un saco. Recogió sus alhajas, descolgó un retrato de María Clara, y, armándose de un puñal y dos revólveres, se dirigió á un armario, donde tenía herramientas.

En aquel instante tres golpes secos y fuertes resonaron en la puerta.

—¿Quién va?—preguntó Ibarra con voz lúgubre.

—¡Abra en nombre del Rey, abra en seguida ó echamos la puerta abajo!—contestó una voz imperiosa en español.

Ibarra miró hacia la ventana; brillaron sus ojos y amartilló su revólver; pero, cambiando de idea, dejó las armas y fué á abrir él mismo en el momento en que acudían los criados.

Tres guardias le cogieron al instante.

—¡Dése usted preso en nombre del Rey!—dijo el sargento.

—¿Por qué?