—Allá se lo dirán á usted; nos está prohibido el decirlo.

El joven reflexionó un momento, y no queriendo tal vez que los soldados descubriesen sus preparativos de huída, cogió un sombrero, y dijo:

—¡Estoy á su disposición! Supongo que será por breves horas.

—Si usted promete no escaparse, no le maniataremos: el alférez le hace esta gracia; pero si huye usted...

Ibarra les siguió, dejando consternados á sus criados.

Entretanto ¿qué había sido de Elías?

Al dejar la casa de Crisóstomo, como un enajenado corría sin saber á dónde iba. Atravesó los campos, llegó al bosque en una agitación violenta; huía de la población, huía de la luz, la luna le molestaba, se metió en la misteriosa sombra de los árboles. Allí, ya deteniéndose ya andando por desconocidas sendas, apoyándose en los seculares troncos, enredándose entre las malezas, miraba hacia el pueblo, que allá á sus pies se bañaba á la luz de la luna, se extendía en el llano, recostado á orillas del mar. Las aves, despertadas de su sueño, volaban; gigantescos murciélagos, lechuzas, buhos pasaban de una rama á otra con estridentes gritos y mirándole con sus redondos ojos. Elías ni los oía ni se fijaba en ellos. Se creía seguido por las irritadas sombras de sus antepasados; veía en cada rama el fatídico cesto con la ensangrentada cabeza de Bálat, tal como se lo refiriera su padre; creía tropezar al pie de cada árbol con la anciana muerta; le parecía ver entre sombras balancearse el infecto esqueleto del abuelo infame... y el esqueleto y la anciana y la cabeza le gritaban: ¡Cobarde, cobarde!

Elías abandonó el monte, huyó y descendió al mar, á la playa que recorría agitado; pero allá á lo lejos, en medio de las aguas, donde la luz de la luna parecía levantar una niebla, creyó ver, elevarse y mecerse una sombra, la sombra de su hermana con el pecho ensangrentado, la cabellera suelta esparcida al aire.

Elías cayó de rodillas en la arena.

—¡Tú también!—murmuró extendiendo los brazos.