Mas, con la mirada fija en la niebla, se levantó lentamente, adelantóse y entró en el agua como si siguiese á alguien. Caminaba por aquella suave pendiente que forma la barra; ya estaba lejos de la orilla, el agua le llegaba á la cintura y seguía, seguía como fascinado por un espíritu seductor. El agua le llega ya al pecho... pero la descarga de fusilería resuena, la visión desaparece y el joven vuelve á la realidad. Merced á la tranquilidad de la noche y á la mayor densidad del aire, llegan hasta él claras y distintas las detonaciones. Detiénese, reflexiona, nota que está en el agua; el lago está tranquilo y divisa aún las luces en las cabañas de los pescadores.
Volvió á la orilla y se dirigió al pueblo, ¿para qué? El mismo no lo sabía.
El pueblo parecía deshabitado; las casas estaban todas cerradas; los animales mismos, los perros que suelen ladrar durante la noche, se han ocultado medrosos. La plateada luz de la luna aumentaba la tristeza y la soledad.
Temiendo encontrarse con los guardias civiles, internóse en las huertas y jardines, en uno de los cuales creyó percibir dos formas humanas; pero prosiguió su camino, y, saltando cercos y tapias, llegóse con mucho trabajo al otro extremo de la población, dirigiéndose hacia la casa de Crisóstomo. En la puerta estaban los criados, comentando y lamentando la prisión de su señor.
Enterado de lo que había pasado, Elías se alejó, dió la vuelta á la casa, saltó la tapia, trepó por la ventana y penetró en el gabinete, donde aún ardía la vela que había dejado Ibarra.
Elías vió los papeles y los libros; encontró las armas y los saquitos que contenían el dinero y las alhajas. Reconstruyó en su imaginación lo que allí había pasado, y viendo tantos papeles que podían comprometer, pensó recogerlos, arrojarlos por la ventana y enterrarlos.
Lanzó una mirada al jardín, y á la luz de la luna vió dos guardias civiles que venían con un auxiliar: las bayonetas y los capacetes relucían en la obscuridad.
Entonces tomó una resolución: amontonó ropas y papeles en medio del gabinete, vació encima una lámpara de petróleo y prendió fuego. Ciñóse precipitadamente las armas, vió el retrato de María Clara, vaciló ... lo guardó en uno de los saquitos, y, llevándoselos, saltó por la ventana.
Ya era tiempo; los guardias civiles forzaban la entrada.
—¡Dejadnos subir para coger los papeles de vuestro amo!—decía el directorcillo.