Sin duda no hay quien se atreva á darle un chinelazo, pues permanece allí, mira á lo lejos frunciendo las cejas, se enjuaga la boca, escupe con ruido y después se persigna. La casa de enfrente abre también tímidamente una ventanilla y da paso á hermana Rufa, la que no quiere engañar ni que le engañen. Ambas se miran un momento, sonríen, se hacen señas y vuelven á persignarse.
—¡Jesús! ¡Parecía una misa de gracia, un castillo!—dice hermana Rufa.
—Desde el saqueo del pueblo por Bálat no he visto otra noche igual,—contesta hermana Putê.
—¡Cuántos tiros! dicen que es la partida del viejo Pablo.
—¿Tulisanes? ¡No puede ser! Dicen que son los cuadrilleros contra los civiles. Por eso está preso D. Filipo.
—¡Sanctus Deus! dicen que hay lo menos catorce muertos.
Otras ventanas se fueron abriendo, y rostros diferentes asomaron cambiándose saludos y haciendo comentarios.
A la luz del día, que prometía ser espléndido, veíanse á lo lejos soldados ir y venir, confusamente, como cenicientas siluetas.
—¡Allá va otro muerto!—dijo uno desde una ventana.
—¿Uno? Yo veo dos.