Y se sentó pausadamente. Cual si las frases latinas hubiesen poseído una virtud tranquilizadora, cesaron de llorar ambos cónyuges y se le acercaron esperando de sus labios el consejo, como un tiempo los griegos ante la frase salvadora del oráculo que los iba á librar de los persas invasores.

—¿Por qué lloráis? Ubinam gentium sumus?[5]

—Tú sabes ya la noticia del levantamiento...

Alzamentum Ibarrae ab alferesio Guardiae civilis destructum? Et nunc?[6] Y ¿qué? ¿Os debe algo don Crisóstomo?

—No, pero sabes tú, Tinong le ha convidado á comer, le ha saludado en el Puente de España... ¡á la luz del día! ¡Van á decir que es amigo suyo!

—¿Amigo?—exclamó sorprendido el latino levantándose;—amice, amicus Plato sed magis amica veritas! ¡Dime con quién andas y te diré quién eres! Malum est negotium et est timendum rerum istarum horrendissimum resultatum! Hmmm![7]

Capitán Tinong se puso espantosamente pálido al oir tantas palabras en um; este sonido le presagiaba mal. Su esposa juntó las manos suplicantes y dijo:

—Primo, no nos hables ahora en latín; ya sabes que no somos filósofos como tú; háblanos en tagalo ó castellano, pero danos un consejo.

—Lástima que no entendáis latín, prima: las verdades latinas son mentiras tagalas, por ejemplo, contra principia negantem fustibus est argüendum,[8] en latín es una verdad como el Arca de Noé; lo puse una vez en práctica en tagalo, y fuí yo el apaleado. Por esto, es una lástima que no sepáis latín; en latín todo se podría arreglar.

—Sabemos también muchos oremus, parcenobis y Agnus Dei Catolis[9] pero ahora no nos entenderíamos. ¡Dale un argumento á Tinong para que no le ahorquen!