—Pero ¿no has leído lo que dice el Diario? ¡Lee! «La traición infame y bastarda ha sido reprimida con energía, fuerza y vigor, y pronto los rebeldes enemigos de la patria y sus cómplices sentirán todo el peso y la severidad de las leyes...» ¿ves? ya no hay alzamiento.
—No importa, debes presentarte como lo han hecho el 72, y se han salvado.
—¡Sí! también lo ha hecho el padre Burg...
Pero no pudo concluir la palabra; la mujer corriendo le tapó la boca..
—¡Dale! ¡pronuncia ese nombre para que mañana mismo te ahorquen en Bagumbayan! ¿No sabes que basta pronunciarlo para ser sentenciado sin formación de causa? ¡Jale! ¡dilo!
Capitán Tinong, por más que hubiese querido obedecerla, no habría podido: con ambas manos le tapaba la boca su mujer, oprimiendo su cabecita contra el espaldar del sillón, y acaso el pobre hombre se hubiera muerto asfixiado si un nuevo personaje no hubiese intervenido.
Este era el primo don Primitivo, que sabía de memoria el Amat, un hombre de unos cuarenta años, pulcramente vestido, panzudo y algo regordete.
—Quid video?—exclamó al entrar;—¿qué pasa? Quare?[3]
—¡Ay, primo!—dijo la mujer corriendo llorosa hacia él;—te he hecho llamar, pues no sé qué va á ser de nosotras... ¿qué nos aconsejas? ¡Habla, tú que has estudiado latín y sabes argumentos...
—Pero antes quid quaeritis? Nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu; nihil volitum quin praecognitum[4].