—¡Pues, debías haberle conocido!

—Pero, Tinchang, ¡si era la primera vez que le veía, que oía hablar de él!

—¡Pues debías haberle visto antes, oído hablar de él! ¡Para eso eres hombre, llevas pantalones y lees El Diario de Manila!—contestó impertérrita la esposa, lanzándole una terrible mirada.

Capitán Tinong no supo qué replicar.

Capitana Tinchang, no contenta con esta victoria, quiso anonadarle, y acercándose con los puños cerrados:

—¿Para eso he estado trabajando años y años, economizando, para que tú con tu torpeza eches á perder el fruto de mis fatigas?—le increpó.—Ahora vendrán á llevarte desterrado, nos despojarán de nuestros bienes, como á la mujer de... ¡Oh, si yo fuese hombre...!

Y viendo que su marido bajaba la cabeza, empezó de nuevo á sollozar, pero siempre repitiendo:

—¡Ay, si yo fuese hombre, si yo fuese hombre!

—Y si fueses tú hombre,—preguntó al fin picado el marido,—¿qué harías?

—¿Qué? pues... pues... pues hoy mismo me presentaría al Capitán general, para ofrecerme á pelear contra los alzados, ¡ahora mismo!