—¡Ay, Virgen de Antipolo!—gritaba la mujer.—¡Ay, Virgen del Rosario y de la Correa! ¡ay! ¡ay! ¡Nuestra Señora de Novaliches!

—¡Nanay!—repuso la más joven de las hijas.

—¡Ya te lo decía yo!—continuó la mujer en tono de recriminación;—¡ya te lo decía yo! ¡ay, Virgen del Carmen, ay!

—¡Pero si tú no me has dicho nada!—se atrevió á contestar capitán Tinong lloroso;—al contrario, me decías que hacía bien en frecuentar la casa y conservar la amistad de capitán Tiago porque... porque era rico... y me dijiste...

—¿Qué? ¿qué te dije? ¡Yo no te he dicho eso, no te he dicho nada! ¡Ay, si me hubieses escuchado!

—¡Ahora me echas la culpa á mí!—replicó en tono amargo, dando una palmada sobre el brazo del sillón;—¿no me decías que había hecho bien en invitarle á que comiese con nosotros, porque como era rico.... tú decías que no debíamos tener amistades más que con los ricos? ¡Abá!

—Es verdad que yo te dije eso porque... porque ya no había remedio: tú no hacías más que alabarle; don Ibarra aquí, don Ibarra allá, don Ibarra en todas partes, ¡abaá! Pero yo no te aconsejé que le vieras ni que hablaras con él en aquella reunión; esto no me lo puedes negar.

—¿Sabía yo que iba él allá, por ventura?

—¡Pues debías haberlo sabido!

—¿Cómo, si ni siquiera le conocía?