—¡Cualquier pescador los pronostica!
—Cuando el que gobierna es un tonto... ¡dime cómo tienes la cabeza y te diré cómo es tu padre! Pero verán ustedes si los amigos se favorecen unos á otros: los periódicos casi piden una mitra para el padre Salví.
—Y ¡la va á tener! ¡Se la chupa!
—¿Lo crees?
—¡Pues no! Hoy por cualquier cosa la dan. Yo sé de uno que con menos se la caló; escribió una chabacana obrita, demostró que los indios no eran capaces de otra cosa más que de ser artesanos... ¡psh! ¡viejas vulgaridades!
—¡Es verdad! ¡Tantas injusticias dañan á la religión!—exclamaba otro;—si las mitras tuviesen ojos y pudiesen ver sobre qué cráneos...
—Si las mitras fuesen objetos de la naturaleza...—añadía otro con voz nasal.—Natura abhorret vacuum...
—Por eso se les agarran; ¡el vacío las atrae!—contestaba otro.
Estas y otras cosas más se decían en los conventos, y hacemos gracia á nuestros lectores de otros comentarios con colores políticos, metafísicos ó picantes. Conduzcamos al lector á casa de un particular, y como en Manila tenemos pocos conocidos, vamos á casa de capitán Tinong, el hombre agasajador, que vimos convidando con insistencia á Ibarra para que le honrase con su visita.
En el rico y espacioso salón de su casa en Tondo, está capitán Tinong sentado en un ancho sillón, pasándose las manos por la frente y la nuca en ademán de desconsuelo, mientras su señora, la capitana Tinchang, lloraba y le sermoneaba delante de sus dos hijas, que oían desde un rincón mudas, atontadas y conmovidas.