—Y para mejor celebrar la fiesta, que adviertan al hermano cocinero y al procurador... ¡Gaudeamus por tres días!
—¡Amén!—¡Amén—¡Viva Salví!—¡Viva!
En otro convento se hablaba de otra manera.
—¿Veis? Ese es un alumno de los jesuítas; ¡del Ateneo salen los filibusteros!—decía un fraile.
—Y los antirreligiosos.
—Yo ya lo dije: los jesuítas pierden al país, corrompen á la juventud; pero se los tolera porque trazan unos cuantos borrones en el papel cuando hay temblor...
—¡Y Dios sabe cómo estarán hechos!
—Sí, ¡vaya usted á contradecirlos! Cuando todo tiembla y se mueve, ¿quién escribe garabatos? Nada, el padre Secchi...
Y sonríen con soberano desprecio.
—Pero ¿y los temporales? y ¿los baguios[2]?—pregunta otro con ironía sarcástica;—¿no es eso divino?