Al día siguiente, los pastores le encontraban muerto en el umbral mismo de su solitario retiro.

LIX

Patria é intereses

El telégrafo trasmitió sigilosamente el suceso á Manila, y treinta y seis horas después hablaban de ello con mucho misterio y no pocas amenazas los periódicos, aumentados, corregidos y mutilados por el fiscal. Mientras tanto, noticias particulares, emanadas de los conventos, fueron las que primero corrieron de boca en boca, en secreto, y con gran terror de los que lo llegaban á saber. El hecho, en mil versiones desfigurado, fué creído con más ó menos facilidad según adulaba ó contrariaba las pasiones y el modo de pensar de cada uno.

Sin que la pública tranquilidad apareciese turbada, al menos aparentemente, se revolvía la paz del hogar al igual que en un estanque: mientras la superficie aparece lisa y tersa, en el fondo hormiguean, corren y se persiguen los mudos peces. Cruces, condecoraciones, galones, empleos, prestigio, poder, importancia, dignidades, etc., empezaron á revolotear, como mariposas en una atmósfera de monedas de oro, para los ojos de una parte de la población. Para la otra, oscura nube se levantó en el horizonte, destacándose de su ceniciento fondo, como negras siluetas, rejas, cadenas y aun el fatídico palo de la horca. Creíanse oir en el aire los interrogatorios, las sentencias, los gritos que arrancan las torturas; las Marianas y Bagumbayan se presentaban envueltos en haraposo y sangriento velo: se confundían pescadores y pescados. El destino mostraba el acontecimiento á la imaginación de los manileños como ciertos abanicos de China: una cara pintada de negro; la otra llena de dorado, colores vivos, aves y flores.

En los conventos reinaba la mayor agitación. Enganchábanse coches, los provinciales se visitaban, tenían secretas conferencias. Presentábanse en los palacios para ofrecer su apoyo al gobierno, que corría gravísimo peligro. Se volvió á hablar de cometas, alusiones, alfilerazos, etc.

—¡Un Te Deum, un Te Deum!—decía un fraile en un convento;—¡esta vez que nadie falte en el coro! ¡No es poca bondad de Dios hacer ver ahora, precisamente en tiempos tan perdidos, cuánto valemos nosotros!

—Con esta leccioncita se estará mordiendo los labios el generalillo Mal Agüero[1], contestaba otro.

—¿Qué habrá sido de él sin las corporaciones?